martes, 26 de enero de 2016

Silvia y Laura

Ellas se conocieron cuando, en uno de sus ataques de ira, Laura rompió un vidrio de un cabezazo. Ungida por la culpa se agacha a juntar los pedazos que se desparraman por el piso y  uno en particular llama su atención. Tiene la forma de un corazón incompleto. Lo agarra y lo aprieta adentro de su mano. Cuando la abre, una sonrisa de sangre en la palma como un oráculo que augura fortuna. Laura se acuesta en el piso, sobre los vidrios, y sonríe. Todo su cuerpo se puebla de bocas sonrientes, de sangre. La internan. Una de las mujeres con las que comparte habitación la adopta como a una hija, como a una amante o como a una cosa que le pertenece. Le acaricia la cabeza, a Laura, cuando a la noche no puede dormir. Ella, a cambio, le saca los piojos cuando la pican más que siempre y la desesperan. La otra mujer se llama Silvia, y está en la clínica porque le gusta más que allá afuera. Hace tiempo que los doctores le firmaron un papel que dice que está tan cuerda como el resto del mundo, pero ella prefiere estar ahí, cobijada en la amabilidad de los que no juzgan. Silvia es escritora. Dramaturga, en realidad, y Laura una maestra de primaria a la que lo que más le gusta en el mundo es cantar. Cantar cualquier cosa. Poesías que ella escribe, los graffitis de la calle, el horóscopo del diario. Cantar para que las palabras salgan más livianas.   

En el tiempo que pasan en la clínica, Silvia le enseña a Laura a hacer barquitos de papel en los que escribe cualquier cosa y que Laura después canta.  A los barquitos los guardan en una caja, debajo de sus camas. Hay que tener cuidado con esos barquitos, las dos saben que el papel también puede cortar. Cuando llueve salen al jardín de la clínica y dejan que los barcos naveguen canaleta abajo. Laura piensa que las frases que Silvia escribió se mezclan con el agua de la canaleta y van a regar el suelo del río con palabras nuevas, porque es ahí donde deben crecer, que si no no se entiende que las palabras calen tan hondo, tan profundo, tan como el agua. 

A los dos meses de estar internada, los médicos le dicen a Laura que se puede ir, que procure mantanerse alejada de los vidrios, los excesos y que practique algún tipo de meditación que mantenga  su autocrítica a raya. Laura le dice a Silvia que mejor se van juntas. Y se van, nomás.

Silvia se consigue un trabajo en la panadería de uno de los amigos que le habían quedado en La Plata. Laura vuelve a su trabajo en la escuela y así la vida engaña con transcurrir sin más, pero un día se da cuenta que no recuerda su propio número de teléfono. Otro día, tiene complicaciones para cantar unas líneas que Silvia le escribió. Otro día, mientras vuelve en el micro que la lleva a su casa, siente la entrepierna mojada y se da cuenta que sin darse cuenta se hizo pis encima, y a los pocos días le diagnostican demencia vascular. La demencia vascular,  es la segunda causa de demencia en adultos, después del Alzheimer. Suele darse en personas de más de 65 años, pero que las excepciones existen es algo que sabemos desde siempre, y esta, es una excepción.
Después del diagnóstico, y de pasar los días sumergida en la tarea imposible de entender que se va a morir a los 30 años, Laura sufre. Sufre porque se va a morir, pero además sufre porque le cuesta mucho recordar las letras. Laura quisiera que la pérdida de memoria se diera en el sufrir, y no en el recordar. Silvia también.

Una noche, mientras Laura lava los platos, Silvia aparece en la cocina con una caja llena de barcos de papel donde estuvo escribiendo frenéticamente frases sueltas pero que de alguna manera milagrosa forman una cosa entera, un todo, algo completo porque no le falta nada. Y así se pasan las noches que siguen. Laura cantando las frases de los barcos y Silvia escribiendo como si eso fuera lo mismo que  respirar.

Un día Laura acepta que se va a morir y decide antes de eso inventar una manera nueva de leer los barcos, y entonces los pega en el ventanal de la cocina y se pasa las horas que Silvia en la panadería, frotando su frente contra el ventanal. Cuando termina de memorizar todos los barcos, mientras canta las frases que forman un himno eterno, estrella su cabeza contra el vidrio. Se acuesta en el piso, y sonríe. Todo su cuerpo se puebla de bocas sonrientes, de sangre. Desde ahí, con su voz húmeda y roja, canta el último barquito que recuerda: si me das tus sombras, yo te doy mi luz, para que descanses vos, siesta y sombra, si te doy mis sombras, vos me das tu luz, para que descanse yo, siesta y sombra.  



lunes, 24 de marzo de 2014

Viernes con significado

Hoy en la sala de espera del dentista una mujer me contó que era fóbica a los viernes 13. Me enteré que un grupo numeroso de personas padece, cada viernes 13, temblores en las extremidades, taquicardia, ataques de llanto inexplicables, y, en el peor de los casos, la supresión de la conciencia mediante el desmallo. Mientras la mujer me contaba de su padecimiento insólito pensé en Fer, mi amigo de la infancia y de siempre. Tal vez porque la última vez que nos habíamos visto me contó que había empezado a ir a una especie de terapia de grupo que lo ayudaba con sus ataques de pánico. Fer y yo nos conocimos en  segundo grado de la primaria. El colegio quedaba frente a la Plaza Guadalupe, en Palermo. Cuando teníamos 10 u 11 años esperábamos los viernes como náufragos. El colegio, con los curas y el doble turno, era un mar que transitábamos enloquecidos por el sol permanente del adoctrinamiento. Cuando finalmente el viernes llegaba, salíamos  del colegio y caminábamos hasta Medrano y por ahí hasta Corrientes, al edificio donde vivíamos. Caminábamos y hablábamos de las cosas importantes o divertidas de las clases. Como nuestro colegio era de varones, esas caminatas eran la parte del Diagrama de Benn que nos cruzaba con las chicas. A veces teníamos suerte y aparecía algún ejemplar que nos sumergía en un silencio cómplice que duraba un par de cuadras.  Cuando llegábamos a casa empezaba lo que llamábamos Viernes con significado. A partir de ahí, el tiempo era nuestro. Lo primero que hacíamos era correr alrededor de la mesa del comedor, cantando como locos una canción que pagaría lo que no tengo por recordar. Fer tampoco la recuerda, pero los dos sabemos que existía.
Cuando salí del consultorio saludé a la mujer, que seguía esperando, y ya en la calle me sumé a la fila de personas que esperaban el colectivo. Googleé  en el teléfono esto de la fobia. Wikipedia confirmaba: El miedo a los viernes 13 se llama collafobia o friggaatriscaidecafobia, siendo una forma espeluznante de triscaidecafobia. El viernes 13, como símbolo del terror y la mala fortuna,  podría tener su origen en una noche de octubre de 1307 en que  Felipe IV de Francia había mandado a capturar a un grupo de Templarios. En nombre de Cristo, la Santa Inquisición los había mandado de a uno a la hoguera, condenándolos por herejía, sodomía y por orinar y escupir en la cruz. Lo que pasaba en realidad era que los Templarios se habían convertido en los principales prestamistas de la Europa Medieval, y hasta el mismísimo rey de Francia les debía más de lo que hubiera querido. Jacqes de Molay, el último Gran Maestre de la Orden, antes de asfixiarse para siempre en el humo injusto, había “emplazado” a Felipe IV y a su mano operativa, el Papa Clemente. "¡Clemente, y tu Felipe, traidores a la fe cristiana, os emplazo ante el tribunal de Dios!... A ti, Clemente, dentro de cuarenta días, y a ti Felipe, dentro de este año." Wikipedia aseguraba que el Papa Clemente había muerto a los treinta días y el Rey Felipe, antes de cumplirse un año. Luego el artículo volvía sobre esta fobia que exudaba excentricidad.
Entonces volví a pensar en  Fer y en los viernes, cuando con un metro treinta de altura, jugábamos a los penales en el pasillo del piso donde vivía yo. Teníamos suerte. Mi tía, la hermana de mi viejo,  cada vez que venía a visitarnos nos traía una  Pulpito, que por el pique y el tamaño era perfecta para el fútbol de pasillo. Arriba, donde vivía Fer, no se podía jugar a los penales. Una de sus vecinas, una vieja frustrada,  nos amenazaba cada vez que podía. Nos decía que iba a hablar con nuestras mamás, aun cuando sabía que la mamá de Fer se había muerto cuando él era tan chico que ni siquiera había alcanzado a almacenarla como un recuerdo. Los dos sabíamos que cuando midiéramos un metro cincuenta íbamos a poder mandar a la vieja a la recalcadísima mierda. Mientras tanto, nos conformábamos con emplazarla en silencio, confiados en que nadie puede escaparle a la hoguera de lo justo.

lunes, 10 de febrero de 2014

Comen sapos

Una vez  al año vamos al campo de Clara.  Clara al volante, yo de copiloto. Lara y Mariela, en el asiento de atrás, registran el inicio del viaje con la Kodak nueva de Clara.Tomamos la autopista al norte, y después el camino del Buen Ayre, que nos lleva al oeste o a un atardecer de nubes furiosas. A un lado del Buen Ayre está el CEAMSE, uno de los rellenos sanitarios más grandes del país. Al otro, Villa Hidalgo, donde miles de personas viven cotidianamente en la basura. Yo miro las montañas de basura y los hombres y mujeres que hacen sus cosas alrededor y pienso: Esas personas comen sapos. No sé por qué lo pienso y menos por qué lo digo en voz alta.  Esas personas comen sapos. Clara gira la cabeza como si el comentario llegara de un televisor encendido que nadie mira. No tiene sentido. ¿Qué decís? Dice Lara desde el asiento de atrás. No sé. Se me vino esa frase a la cabeza. Yo tengo una amiga que comió sapos, dice Mariela. Bueno, no los comió ella, sino su novio. Y en realidad no los comió, sino que los lamió. Maru empieza a contar cómo una amiga suya, que estaba combatiendo la depresión profunda en que se había acomodado su novio hacía más un año, encontró en Google una receta casera para sacarlo del pozo.
El post contaba cómo la mayoría de las culturas de los pueblos originarios latinoamericanos cree en enfermedades que están causadas por la pérdida del alma. El susto o el espanto, como le llaman,  es una “enfermedad originada por una fuerte y repentina impresión derivada del encuentro con animales peligrosos, objetos inanimados y entidades sobrenaturales, así como por sufrir una caída en la tierra o en el agua. Uno de los remedios chamánicos consiste en mezclar renacuajos en parches fríos junto con grasa de pecho de llama, aceite verde y semillas de lino.  El artículo mencionaba una segunda receta: lamer la panza de un tipo específico de sapo que se conseguía fácilmente en anfibiarios. También explicaba que para no equivocarse y terminar lamiendo una rana, hay que tener en cuenta que los sapos son más caminadores que saltadores. Lo de los renacuajos era complejo, pero conseguir grasa del pecho de una llama se volvió imposible. La amiga de Mariela optó por la segunda receta. Cómo convenció al novio de apoyar la lengua sobre la panza fría del bicho era un misterio, pero finalmente los sapos surtieron efecto y el novio salió de su letargo melancólico. Un mes después la pareja se separó.

Cuando Mariela terminó la historia, el sol era negro como todo el resto, y la ruta nacional 5 nos llevaba directo a la tormenta que habían anunciado las nubes furiosas del atardecer. Para saber si la tormenta se aleja o se acerca tenés que contar los segundos que pasan entre el relámpago y el trueno. Si los segundos entre la luz y el ruido se achican, entonces la tormenta se acerca. ¿Por qué? Porque la luz viaja más rápido que el sonido, entonces, si el tiempo crece, significa que el polo eléctrico se aleja, o que es uno el que se aleja, dependiendo de si es el polo o es uno el que está en movimiento. Si en cambio el rayo y el trueno llegan juntos es que la tormenta está justo arriba y entonces es mejor estar bajo techo. Esto pensé yo después de lo de los sapos. Cuando éramos chicos, y había tormenta, para distraernos o focalizarnos en lo que importaba, que era alejarse del miedo, mi vieja nos hacía contar los segundos. Así las tormentas pasaban como pasan las cosas cuando el tiempo simplemente pasa por el costado, sin aplastar nada, sin interrumpir nada, sin ser nada más que corriente eléctrica que no te toca.

viernes, 31 de enero de 2014

Aire comprimido

La historia es simple. Un mujer, joven, se pasa el día tirada en un sillón que está pegado a una ventana que da a la calle, recordando cosas que no importan si son del pasado o del futuro, porque lo que pasa adentro de la cabeza está ordenado por un mismo tiempo inexistente. Mientras tanto, la ola de calor más importante desde 1961 cocina Buenos Aires y la música de este infierno es el motor de la moto del repartidor de la pizzería de al lado.
En el relato se mezclan distintas situaciones que van desde el ataque de palometas a niños que nadan en el Río Paraná, y que terminan  con dedos o falanges mutilados, hasta un cruce con un cuento de Bolaño, donde el narrador o el personaje se pregunta por el  morbus melencholicus, en criollo,  si es verdad que se puede morir de tristeza. La mujer se acuerda de una noticia que leyó hace un tiempo en Infobae, sobre un delfín que está al borde de la muerte debido a la tristeza que le provocó el asesinato de  su entrenadora en manos de un vecino que ya no soportaba los ladridos de los perros de ella. Al final se descubre que el delfín se estaba intoxicando con un químico nuevo que echaban al agua.  Sin ningún conector narrativo, el foco vuelve sobre la ola de calor que ya se cobró 23 vidas en el país. La muerte es, según Wikipedia, un efecto colateral de estos sucesos, un término para el desplazamiento hacia la mortalidad de corto término. Se ha observado que luego de algunas olas de calor, hay un decrecimiento compensatorio de la tasa de mortalidad durante las subsiguientes semanas después del termometeoro. Tales reducciones compensatorias sugieren que el calor ya mató a quien tenía que morir "en el corto término subyacente". Las cosas se compensan, siempre, con mayor o menor nivel de crueldad. 
Entonces la historia va alternando entre acciones mínimas del personaje y algunas apreciaciones en un tono más lírico. La mujer se acuerda de cuando su abuelo le enseñaba a tirar con el aire comprimido primero, y con la escopeta recortada después. Apoyar la culata donde termina la pelota del hombro. Hacer coincidir la mira con el piquito que está al final del cañón. Si el piquito queda por debajo de la mira o sale para arriba entonces vas a errar al blanco. Desde la primera vez ella siempre acertó a los blancos. Cosas así. 
Llegando al final del cuento el relato se ve interrumpido constantemente por los ruidos del motor de la moto del repartidor. Se alternan recuerdos y ruidos: el motor de la moto/ la voz del abuelo que le dice que a la escopeta la guarda siempre cargada porque cuando todo se va a la mierda no hay tiempo ni para cargar  la conciencia / el silbido del aire comprimido / el estallido de la escopeta cuando su abuelo estaba vivo / el motor de la moto / los pasos de la mina en la escalera que sube a buscar la escopeta / el ruido del placar donde está guardada / el motor de la moto / el click de la escopeta / es verdad, está cargada / el ruido del motor de la moto  / los pasos de la mina que baja la escalera. Y así.
En el último párrafo, el relato se condensa sobre el estado mental o anímico del personaje, mezcla de aburrimiento mesiánico y melancolía hirviente, toda una serie de… y entonces la mujer, totalmente ensordecida por los ruidos de su cabeza decide acallar el único ruido real. Apoyar la culata donde termina la pelota del hombro. Hacer coincidir la mira con el piquito que está al final del cañón. Si el piquito queda por debajo de la mira o sale para arriba entonces vas a errar al blanco. Esperar a que la música del infierno se acerque. 

domingo, 19 de enero de 2014

Heladero

Donde se cruzan la ruta 44 y la 173, en San Rafael, Mendoza, hay dos puentes naranjas. Cuando llega la época de deshielos y el agua llena el dique de Valle Grande la provincia abre las compuertas y libera al río Atuel, que corre hasta los puentes. En abril, las puertas del dique empiezan a cerrarse y el río se desvanece. Debajo de los puentes queda una lámina de piedras, botellas y basura, que espera que el río vuelva. Es a la hora en que todas las cosas se vuelven de sombras, cuando Juan cruza los puentes.
Juan vende helados. Helados de palito, en su moto roja. Anda por la 173, desde los puentes hasta el valle, interceptando locales y turistas, vendiendo helados. En su moto tiene pegadas dos calcomanías. Una de Frigor, la marca de helados que vende, y otra de Jesús,  vestido de motoquero. Atrás del asiento está la heladerita donde lleva sus helados.
El día que lo conocí iba con Sebastián por un camino de tierra que empieza donde termina la ruta. Habíamos caminado todo el día como si caminar fuera lo único para lo que es la vida, jugando a contar los cóndores y las águilas que nos sobrevolaban. Ahí nos pasó Juan en su moto. Paró y nos ofreció sus helados.
Le preguntamos de qué tenía y le compramos dos. Fue sin dudas por lo excepcional del heladero, más que por las ganas de comer helado que le compramos. Cuando le pagamos nos preguntó de dónde éramos y cómo nos llamábamos. Yo Juan, dijo él. Sebastián le preguntó si se vendía bien, por decir algo, o por retenerlo un rato más, y él dijo que le alcanzaba y que además era el trabajo perfecto, sin horarios ni paredes. Sebastián le dijo que era Gardel, y él se rió. Dijo que ahora sí, pero que también había sido Gardel estrolado en Colombia.
Nos contó que era de Buenos Aires, pero que hacía unos años su vida se había ido a la mierda por la crisis y por la merca, sin importar el orden. Como no podía salir su primo hermano, que vivía  en Mendoza, le dijo que se viniera a estar un tiempo, a ver qué pasaba.
Cuando llegó le pareció que había llegado a otro mundo, con las parras, las siestas y las calles de tierra caliente. Su primo tenía en el fondo de la casa esta moto roja, rota desde hacía unos meses. Había sido el último capricho de la convertibilidad. Ahora no tenía plata para arreglarla así que le dijo que si le interesaba podía tratar. Como Juan había hecho la secundaria en una escuela técnica la arregló y entonces usaba las tardes para recorrer San Rafael. Lo hacía porque sentía que la velocidad de la moto compensaba de algún modo la velocidad de su cabeza, y así la cosa era más fácil.
Cuando terminó de contarnos lo único que le importaba contarnos nos recomendó que tratáramos de llegar a la altura del camino donde había una cruz blanca porque era el mejor lugar para ver cómo cambiaba el color de las montañas con el atardecer.

Encendió la moto y se fue. Entre el humo del caño de escape, Jesús vestido de motoquero nos dijo algo que no llegamos a escuchar.   

sábado, 18 de enero de 2014

Pedaleo

Pedaleo
Ando en bicicleta
Pedaleo por Yrigoyen
En una esquina hay unos payasos disfrazados de celtas que tocan la gaita.
La ciudad está rara.
Hay niebla ¿Sabés?
Seguro que no.
Seguro que estás en tu casa trayendo sonidos del más allá
Sonidos que amontonás pero no poseés
Porque por suerte hay cosas que no se poseen.
Ahora estoy acá
En mi casa
Mientras venía vi cosas hermosas.
Pero te decía que la ciudad está rara
Hay niebla
Hay niebla como en la canción de Sumo
Creo que hay niebla en mi espalda también
Hay momentos, cuando pedaleo, que siento que tengo toda la espalda un poco mojada
Y que el viento es frío y es una lámina de hielo
Siento
En esos momentos
Que algunas palabras son así
Son láminas de sudor que se cristalizan con el viento en la espalda o en la memoria




jueves, 6 de junio de 2013

En una habitación pintada de blanco y de paredes rugosas hay un grupo de hombres, sentados en dos hileras de bancos enfrentados. Hay más hombres parados detrás, en los espacios libres. Todos usan camperas de plush azul que dicen Moyano conducción. La disposición enfrentada de los cuerpos brillosos los hace parecer un ajedrez proletario. Al final de los bancos hay una tele parada en un canal de noticias que repite detalles de la novedad del fin de semana: un par de amigos que tiró un cadáver desde la hinchada del  Monumental en el medio del superclásico. Una voz en off cuenta que los dos amigos lograron entrar al cadáver con la complicidad de un trabajador del club, que los conocía desde chicos. La víctima  se llamaba Miguel Rafasioli, de 30 años de edad, y  tras una larga depresión anodina, preso de la indiferencia y la soledad, encontró en sus dos amigos la única y endeble referencia a la cordura. La voz anunciaba una entrevista con los amigos y entonces una nueva imagen aparecía. Los dos amigos salían de una comisaría y un grupo de periodistas los rodeaba. Uno de los dos amigos contaba cómo el suicidio de su amigo había sido algo esperado y que Rafasioli les había hecho prometer que cuando finalmente tuviera el valor, ellos tendrían la entereza para cumplirle sus dos deseos más profundos: estar en boca de todos, para burlarse para siempre de la indiferencia de los suyos, y alcanzar la gloria en el único césped que era motivo de su única pasión, la cancha del millonario. El relato era interrumpido y pasaba a un segundo plano cuando entraba en la sala de paredes blancas un grupo de mujeres de distintas edades. Todas se movían como un enjambre mullido de carne y voces, montadas en la indiferencia provocadora de las mujeres cuando se hacen desear.  La posibilidad de sexo gremialista flotaba en el aire: un montón de porongas enormes envueltas en plush azul, pero de repente y sin ninguna lógica el foco vuelve a estar en las noticias de la tele, donde ahora otro periodista habla de la medida de fuerza que están llevando adelante estos gremialistas. En ese momento entra un tipo corriendo y cierra de un portazo la puerta de la sala de paredes blancas y rugosas. Grita que ahí viene Alicia. Todos sabemos que Alicia es Alicia Kirchner, Ministra de acción social. Cuando termina de decir aliciakirchner aparece en la pared de enfrente una ventana enrejada por donde se ve pasar la cabeza sin cuerpo de la ministra. La cabeza pasa una y otra vez, en la misma dirección. En una de las veces frena frente a la ventana y mira hacia adentro. Saca la lengua y la estira, tratando de alcanzar su nariz. No lo logra. La cabeza sigue su rumbo a la puerta y golpea. El grupo de gremialistas impide el paso en un gesto de poder caprichoso pero finalmente la deja pasar. La cabeza de Alicia entra y se suma al grupo de mujeres bulliciosas. Ahí el sueño se diluye sin más en la segunda escena.  Alguien que no recuerdo y yo llegamos a la puerta de una capilla muy chica que está en el medio del barrio. Yo golpeo una ventanita que está metida en la puerta. Una puerta maciza y oscura. La ventanita se abre y aparece, en el fondo de la capilla, en cuclillas y vestido con un equipo de deportes de tela de avión,  el Indio Solari, que se para y se acerca. Yo le hago un pregunta y el responde con oraciones larguísimas donde se repite una palabra que no logro recordar. Una y otra vez la palabra aparece en las frases del Indio. En el sueño la palabra es un fantasma ácido que va y viene, odioso, entre las pausas. Tratando de esquivar a esa presencia ausente, paso a la siguiente pregunta, que tiene que ver con la noticia de que el Indio vuelve a tocar con Skay. Entonces hablamos del rencor y de la sangre, del cauce infinito del perdón y de los afectos construidos con acordes de psicodelia pero la respuesta nunca termina y yo estoy en la tercer parte del sueño, corriendo por un muelle del Tigre para alcanzar un catamarán. Una vez en el barco entiendo que estoy yendo a mi casamiento.  Me acompaña un pibe de la secundaria, cuyo nombre no recuerdo. Yo todo el tiempo pienso que estamos en el barco equivocado porque no hay caras conocidas alrededor. Nadie me mira ni me reconoce, pero justo en ese momento entran a cubierta dos grupos de hombres, vestidos elegantemente, con la misma actitud de gitano con que habían entrado las mujeres a la sala de los gremialistas. Algo de la similitud me hace pensar que entonces sí estoy en el barco indicado. Cuando llegamos a la isla me encuentro con dos amigas que tienen caras de galleta. Caras aplanadas.  Yo pienso esto en el sueño pero no llego a decírselos porque en ese momento me doy cuenta que con la movida gremialista y la aparición del Indio me olvidé de conseguir un vestido de novia. Me angustio. Entonces una de mis amigas saca de su bolso una billetera tipo sobre que está forrada en una tela amarilla, roja y verde, con espejitos cosidos, que brilla. La abre y saca una estampita de Santa Lucía y mientras me la da me dice que ella cree que esa tela se puede sacar y entonces empieza a desarmar la billetera y a estirar la tela que termina siendo enorme. Mis dos amigas agarran cada una de un extremo y hacen flamear a la tela que se mueve en cámara lenta, muy lenta. Yo digo que con eso nos alcanza para armar mi vestido, y cuando termino de decir esto siento que la tela se apoya sobre mi cabeza y entonces soy una novia virgen jamaiquina. Caminamos por la isla y cuando llegamos a la orilla y extendemos la tela sobre el pasto cerca del río. La suavidad de la tela me hace acordar al plush, no sé si ahora o durante el sueño. 

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Cristian A.

Cristián está sentado en la ventana que da al estacionamiento. Las piernas le cuelgan para afuera y él las balancea un poco. Las hace chocar contra la medianera. Chocar y rebotar. Atrás, apoyado en la pared, está el cuadro que terminó hace unas horas. El último de la serie.

Cristian se miró pintado en la tela, colgando, vivo, de una cruz enorme que emerge del mar. El del cuadro mira sin remordimiento, con una sonrisa de bocas cerradas que el de afuera del cuadro nunca tiene. El es de esa gente que se ríe con la boca toda abierta, toda llena de risa que se cae como baba de perros grandes con hambre. Su torso, el del cuadro, un poco torcido sobre sí mismo. Al lado suyo una sirena lo abraza, apoyando una mano sobre sus pectorales marcados por los aparatos. Al otro lado, una princesa lo toca y lo enreda con su pelo que se cae de a metros. Cristian se mira en el cuadro y entiende lo que significa la palabra fin. Va hasta la ventana y entonces es ahora, con las piernas colgando. Todavía hay luz de día. La última luz de un día que es de esos que parece que ya hubiera sido vivido por otro, por alguien que nos contó de los cielos este día. Desde el cielo del cuadro, atrás de Cristian y escondido del cielo de todos, la cara del Che Guevara pintada en colores fluo lo mira. Le mira la espalda, también marcada por los aparatos.

Con los ojos ahora cerrados, Cristian, el que está sentado, se imagina que Cristian, el del cuadro, se baja de la cruz para bajar al Che del cielo. Ve su brazo estirado que se acerca a la cara del revolucionario. Lo acaricia. El Che acerca su boca a la de Cristian y le dice algo sobre las armas.

domingo, 9 de enero de 2011

Tomé el tren a retiro alrededor de las 4 de la tarde y sabía que el tren a Mar del Plata salía a las 8 de Constitución. Iba sin apuro porque sabía que conseguir o no un boleto no dependía de nada más que el azar. Me puse los auriculares y en toda mi cabeza apareció la voz de Shaman Herrera cantando algo sobre perder el control y de como las nenas gritan de placer. Pensé en abrir la botella de vino que había metido en mi mochila pero me pareció que no estaba mal seguir huyendo de la decadencia y que en todo caso siempre había preferido el lugar común: si me emborracho en un tren, que sea entre los cueros sucios del que me lleva a Mar del Plata. Ese es el tipo de decadencia que prefiero. La más común de todas. Siempre me pareció que las cosas viejas, al igual que alguna gente, tenían derecho a esa decadencia que es en realidad un lugar de reposo donde la mediocridad les hace espacio, lejos del juicio permanente de la superación.



Cuando miré por la ventana estábamos a la altura del hipódromo de Palermo. En la pista había cinco o seis jockeys bareando los caballos para las carreras de la tarde. Me acordé de mis dieciseis años, cuando me escapaba del colegio para ir a ver los bareos en el hipódromo de San Isidro. Estar en ese espacio enorme y sin techo era como haber llegado a algún tipo de tierra prometida donde no pensar. Solamente la velocidad en las patas de los caballos y el tamaño ridículo de los Jockeys y el polvo que volaba cuando había viento y los árboles de alrededor de la pista y las voces agudas de los jinetes y esas cosas que por esos años a mí me hacían bastante felíz. El tren frenó. Salí y bajé hasta el subte. LLegué a Constitución. El tren iba lleno de familias numerosas, mujeres gordas que transpiraban hartazgo o acostumbramiento. Chicos y chicos y más chicos y los hombres. Me abstraje mirando cómo se mezclaban los colores de la ropa y cómo las voces de la gente se salían de las bocas como el humo de pensamientos que se vacían en la oralidad.

martes, 7 de septiembre de 2010

Los apuntadores

A Fer y a mi inagotable capacidad para reiterarme.



Contexto: En un país ubicado en el extremo sur del continente americano transcurre el año 2010. En el resto del mundo también.
Empujados por la desesperanza generalizada multitudes de jóvenes y no tanto organizan terapias de choque para combatir el desasosiego instaurado por la falta de futuro producto de los continuos errores socio-geo-políticos del gobierno y también por la falta de fe en cualquier cosa.
Las multitudes de jóvenes y no tanto salen en paseos diurnos a patear palomas en busca de un alivio físico que domestique al menos domesticable estado del alma. También producen pintadas masivas de la cara del general, pero con bigote y sombrero mariachis.
El estado reacciona y por decreto, aunque no hubiera hecho falta tal gesto de autoritarismo porque la oposición completa comprende y apoya la medida en pos de preservar al electorado, decide la implementación del sistema de apuntadores. Sostiene que la desesperanza generalizada y la ausencia de fe no se deberían a los continuos errores socio-geo-políticos, por otro lado inexistentes, si no a la eterna condición del ser humano de reiterar sus falencias en los hechos sucesivos que arman al final una vida. Por esto y sin más decide asignar a cada ciudadano de la república un apuntador: un sujeto que firmemente formado recuerde a quien tiene a su cargo, las respuestas erróneas a situaciones correctas para evitar de esta manera mojar la pata, una vez más, en el mismo charquito.

Caso N° 1

Ciudadano Luis: ya sé Miguel, pero que querés, el frío me pone ermitaño.

Apuntador Miguel: sí, ahora estás ermitaño, pero en unos días cuando llegue la primavera y veas a todas las minitas en la calle, con musculosas y polleritas vas a mirar alrededor y vas a estar solo, y ahí te vas a querer tirar un tiro en las pelotas.

Ciudadano Luis: No seas tan drástico. Me lo decís como si no hubiera hecho todo lo posible para que la cosa funcionara.

Apuntador Miguel: Justamente, no hiciste todo lo posible. Te tomaste el palo con la cola entre las patas, y esa cola te va a salir del otro lado y va a ser lo más parecido a una pija dura que veas en tu vida.

Ciudadano: ¿Podrías no ser tan bestialmente gráfico? A veces siento que lo mejor para los dos sería que me cambiaran de apuntador. No cuestiono el contenido pero la fooorma... ¿Entendés la diferencia?

Apuntador Miguel: Sí, claramente Luis. La diferencia madre es que yo tengo sangre en las venas y vos no. Mirá, mi función no es insistirte ni convencerte de nada. Yo solamente te puedo recordar situaciones pasadas, muy similares a la actual, para que vos veas que seguís siendo el mismo gil de siempre, y que eso te va a sacar verrugas en el culo.

Ciudadano Luis: ¿Entonces qué hago?

Apuntador Miguel: Yo no puedo decirte qué hacer. O a ver, como poder podría, pero no me toca, y además vos sos medio pendejo, si te digo hacé esto vas a hacer lo otro y yo para pendejos ya tengo los míos. (Hace una pausa y sigue) Te tiro las situaciones pasadas de características similares a la actual a ver si te iluminás un poco:

(El apuntador Miguel saca de su maletín una carpeta que dice: Ciudadano Luis. Relaciones afectivas no efectivas. Lee en vos alta)

Situación 1: inicio de la relación, verano de 2007. Final abrupto e injustificado, invierno de 2008.

Ciudadano Luis: lo de abrupto e injustificado sabés que es relativo.

(El apuntador lo mira por sobre sus anteojos)

Apuntador Miguel: Relativo a tu condición de cagón. (Sin darle tiempo a responder prosigue). Nombre de la pareja: Mariana, estudiante de letras. Linda mina, te hace reír. Un poco temperamental. Tajante al momento de las decisiones pero justa. Exigencias medidas, buen trato. Situación detonante de la separación: ella se va a un congreso de letras en Rosario, te avisa desde el micro porque "le salió la beca de estadía y no lo supe hasta hoy". El ciudadano siente falta de compromiso en la relación y una defectuosa comunicación. Por mensaje de texto le comunica a Mariana que se siente poco acompañado. Hablemos a tu vuelta. A la vuelta un monólogo donde el ciudadano arguye distintas idioteces, y que mejor estar solos en lugar de una falsa realidad de pareja. Mariana te mira con los ojos muy abiertos, toma un sorbo de café y ¿estás bien vos? ¿Te das cuenta lo que me estás diciendo? Este congreso estaba buenísimo para mí, y no sabía que iba a poder ir. ¿No te parece un poco injusto? El ciudadano calla. Prefiero que sea ahora que todavía no estamos tan enganchados. Mariana entiende todo, deja cinco pesos para el café. Se levanta y se va. Nunca más se ven.

(El apuntador vuelve a mirarlo por sobre sus anteojos. El ciudadano calla con un gesto de chico injustamente mal señalado).

Situación 2: Inicio de relación, octubre de 2008. Finalización más injustificada que la anterior, agosto de 2009. Nombre de la pareja: Lara. Actividad: jefa del área de relaciones laborales de una fábrica de aceites. Datos especiales señalados: 5 años mayor que el ciudadano.

(interrumpiendo la lectura)

La verdad que a las minas no las entiende ni su vieja eh, porque esta también, linda chica, una vida casi hecha y encargarse de un tibio como vos...

Ciudadano Luis: Mirá Miguel, yo hago lo que puedo.

Apuntador Miguel: No Luis, casi nunca en la vida hacemos lo que podemos. En general hacemos lo que sabemos hacer, lo que nos enseñaron, lo que es más fácil o rápido, lo que vimos hacer a otros el día anterior. Pero de ahí a lo que realmente podemos hay una distancia gigante. Bue... sigo.

Situación detonante: el ciudadano propone a la pareja convivir en su casa porque siento que nos entendemos y que estaría bueno dar ese paso. Sí Luis, a mí me encantás, pero creo que necesito un poco más de tiempo. ¿Tiempo para qué? Bueno, no sé, todavía quiero un rato más para mí sola ¿entendés? Levantarme algunas mañanas despatarrada en la cama, pavadas. (En un intento de ser gracioso) Si es por la cama podemos comprar una king. (Ella se ríe enternecida) Sí, de una, a ver, me gusta lo que me decís y es una idea común, pero necesito un rato más así como estamos. ¿Me entendés? Sí, creo que sí. Esa noche el boludito sale con sus amigos y se mueve a una morocha que en sus palabras: "no podía ni recordar su segundo nombre". No contento con esta idiotez, se plantea el desafío aún mayor de superarse, va y se lo cuenta a Lara. Sos un pendejo Luis. Andate. El se va sin intentar nada.

(Pausa en la lectura. Mirada en el papel. Y sigue)

Situación 3.

(El ciudadano, interrumpiéndolo). Ok, basta. Ya entendí.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Idea para teatro breve. Posible título: Ella y el descamisado

Personajes:
Descriptor de escena
Ella
Público 1
Público 2

Acto 1

Descriptor de escena: En la mitad del escenario hay un hinodoro y una mujer sentada en él. La mujer está desnuda pero un diario muy grande que sostiene con ambas manos delante de sí protege al público de su desnudez. En un gesto rápido o abrupto la mujer se incorpora y grita con la máxima potencia de su voz:

Ella: LA CUENTA POR FAVORRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR

DE: La mujer es hermosa de una manera un poco anticuada. En su teta derecha tiene un tatuaje de Evita y bordeando su pezón izquierdo un hexagrama minúsculo del I Ching que se reitera infinitamente, como se reiteran los pezones, que son circulares. De su cuello cuelga una lupa de metal plateado. Con la mirada congelada en el frente Ella repite como para sí misma con voz casi inaudible:

Ella: La cuenta por favor
DE: Público 1 le arrima un papel higiénico que está lleno de cálculos de todo tipo. La cuenta. Público 1 se queda parado al lado de Ella con la mano extendida. Ella gira la cabeza y lo mira durante cinco segundos con los ojos a media asta, luego toma el papel. Público 1 vuelve a su asiento. Ella toma uno de los extermos del rollo y deja caer todo el resto, que rueda en orden por el pasillo hasta el final de la sala.

Acto 2

DE: Ella está parada en la mitad del escenario. Atrás el hinodoro y el diario tirado al lado. En su mano la punta del rollo. Lo deja caer. El clima general de todos sus movimientos es de una desorientación segura y pautada. Dicho esto transcurren cinco segundos en silencio y entonces Ella toma la lupa que cuelga de su cuello y mira el hexagrama minúsculo que bordea su pezón izquierdo. Con este gesto empieza su monólogo
Ella: (Monólogo a desarrollar)
Acto 3
DE: Acto 3. Nexo dramático entre el 2 y el 4. El tres... (Monólogo de DE a desarrollar. Empieza con un reflexión un poco desvariada sobre el significado del 3 en la numerología.)
DE: Mientras el tiempo se me va en palabras inútiles Ella camina siguiendo el papel hasta la última fila. El público, con el torso quieto, la sigue con cabezas que giran hasta el límite del dolor.
Acto 4
DE: Ella está parada ahora a la altura de la última fila de la sala. Un cálculo del papel le llama la atención. Se dobla en dos y pega la nariz casi contra el piso. Toma su lupa y mira con detenimiento. Tiembla un poco. No hay en su acción ningún signo de registro de alguna de las personas que la rodean. El público 2, sacándola de su cavilar numérico, la sorprende:
P2: ¿Tenés frío?
DE: Cuando Ella conteste y diga "muriendo" lo hará estirando la N
Ella: Me estoy muriennnndo de frío. No me había dado cuenta hasta que me preguntaste.
DE: P2 se saca su camisa y se la da. Ella la toma sin dudarlo y se la pone. Intrigada toma nuevamente la lupa y mira las tetillas de P2. Con el índice derecho las circunda, como buscando algo. Luego lo mira agradecida y se va. P2 la sigue con la mirada hasta que desaparece trás la puerta de la sala y así se queda por 10 segundos. La sala queda en silencio, espectante. P2 se para de su butaca, todavía con la mirada en la puerta. El público niega con la cabeza, y sólo con la cabeza. El torso quieto. P2 gira de un golpe la cabeza hacia donde la acción había comenzado, como si hubiera recordado algo. Busca con la mirada y camina hasta el escenario. Recoge del piso el comienzo o el final del royo, dependiendo de dónde se lo mire, y junta todo el papel desandando su camino. Luego, sale tras ella.
Cae el telón

domingo, 22 de agosto de 2010

Alerta meteorológica

Decidí que lo mejor sería ir caminando hasta casa. Al final no eran más de cincuenta cuadras. Hacía una semana que el pronóstico avisaba lluvia. Para hoy: alerta meteorológica punto 7. Me divirtió pensar que los meteorólogos hubieran ideado una escala para las alertas y se me ocurrió que sería bastante útil trasladar esta escala a las alertas que se prendían todos los días en mi conmutador mental. Esta, la de hoy, era sin dudas una alerta punto 3. Tampoco es cuestión de exagerar. El único problema grave que tenía es que desde hacía varios días una tristeza medio molesta se me había metido por alguna grieta que no tenía vista, y la muy miedosa no quería salir. Por eso pensé que si tal vez caminaba abajo de la lluvia mi tristeza se sentiría contenida por la masa, y finalmente saldría. O tal vez que yo, tan preocupada por todo el agua que caía sobre mí no sentiría culpa en agregar algunas gotas más al montón. Ahí pensé cuánta gente llorando se necesitaría para igualar una tormenta punto 7 en la escala de los meteorólogos.

jueves, 19 de agosto de 2010

Basura mental

I

En el andén hay al menos 100 personas esperando que el tren llegue a la estación. Mientras pienso esto pienso también cuántos relatos empiezan con "En el andén" y a la vez pienso qué estará pensando el chico alto que está parado al lado mío con un traje bastante arrugado y un gorrito de lana en la cabeza. Se ve que el chico piensa lo mismo porque me mira de la misma manera en que yo lo miro a él. Mientras pienso esto, lo de la cantidad de gente en el andén, lo de los relatos, lo del chico pienso también que llego tarde a la reunión y que todo sería más fácil si tuviera un caramelo ácido en algún lugar de mi mochila. Recuerdo que tengo, en algún lugar de mi mochila, un caramelo ácido. Llega el tren. El chico alto de traje arrugado y gorrito de lana me deja pasar y yo siento que soy la mujer más afortunada del mundo y me río. El se ríe y yo me vuelvo a reír pero ahora más de verdad porque soy la mujer más afortunada del mundo por partida doble: me dejan pasar primero al tren, lo que me salva de perder mis piernas en un accidente trágico, y logro que mi salvador sonría. Me vuelvo a reír pero esta vez de otra manera porque no puedo creer que sea tan estúpida y que me enamore de todo con la misma facilidad con la que me desenamoro.

II

El tren arranca y el chico alto de traje arrugado y gorrito de lana es mi guardaespaldas. Se me ocurre pensar que con lo que sea que sentimos está hecho de engranajes de monedas de dos caras o más que nos permiten la simultaneidad increíble pero real de sentimientos antagónicos. Pienso en mi mejor amiga y en su mamá que está volviendo hecha cenizas en un avión desde París y también en un argumento convincente para evitar que me cobren una multa por viajar en tren sin boleto. Me importa tres carajos la multa pero me emociona la posibilidad inmediata de pelearme con alguien. Pienso que voy a decirle al gorila que me pide el boleto que si quiere que me lleve presa pero que yo la multa no se la pago, que esperé veinte minutos para sacar el boleto, que dejé pasar dos trenes y que si TBA no quiere contratar más personal no es culpa mía ni suya, pero menos mía. Me voy a quedar parada enfrente del guarda, diciéndole que no tengo problema en pagar el boleto de Villa Urquiza a Carranza, que es lo que hubiera hecho, pero que de ninguna manera pago la multa y que como le decía que me lleve presa si le parece pero que antes me deje llamar a mi vieja para que esté al tanto de la situación por si me pasa algo en el camino. Llego a mi estación, no hay nadie controlando. Me quedo con las ganas de exigirle justicia o piedad al hijo de puta que hizo que la mamá de mi mejor amiga esté volviendo hecha cenizas en un avión desde París.

III

Mientras camino hasta el subte pienso que estoy un poco cansada de pensar y también que no sé en qué momento perdí de vista al chico alto con el traje bastante arrugado y un gorrito de lana en la cabeza.

miércoles, 11 de agosto de 2010

El alud

I
Cuando me desperté un silencio dislocado cruzaba la habitación. Me había dormido pensando en las probabilidades y posibilidades de que al despertar el frío del invierno se hubiera ido y también en lo raro que resulta que las bienaventuranzas del ánimo dependan del estado térmico de la piel.
II
La luz natural a medio encender se había desparramado por todo el cuarto y sentí que yo, en ese momento, era la sombra gastada de alguna otra persona que ya no conocía.
III
Salí de la cama y mientras preparaba el primer mate del día me acordé del tiempo que me había llevado juntar los volúmenes de la trilogía. Volví al living y miré los libros apilados, en orden, el último abajo, en la base, como corresponde a la historia, que es el final el que sustenta las causas y los efectos. No es el origen. No es la primera gota que desata el alud. Es el alud. El último libro sobre la mesa y el primero sellando la columna gramática en un gesto de falsa justicia, imponiendo que si la historia comienza por el comienzo no tiene más que terminar por el final.
IV
El ruido de la pava me llevó de vuelta a la cocina. La vacié del agua inútil, volví a llenarla y la puse sobre el fuego.

lunes, 9 de agosto de 2010

La escalera en la montaña

Hoy mientras subía las escaleras hasta mi departamento me di cuenta que es realmente más fácil subir montañas que subir escaleras. Las montañas al no tener escalones te permiten elegir el pulso, la distancia entre un paso y otro. Las escaleras en cambio tienden al autoritarismo. Te dicen suba el pie 25 centímetros luego el otro unos 50 centímetros y luego nuevamente el primero y así. La cosa simétrica. Las montañas no. Las montañas tienen superficies heterogéneas. Tienen pasto y a veces también ese polvo que si las subís en alpargatas te podés resbalar y hacerte unas frutillas en las rodillas o incluso desnucarte. Las escaleras también pueden provocar la muerte pero todo más medido. Una muerte medida es un espanto. Yo pensaba mientras pisaba el escalón número 13 que mejor volvía y subía de nuevo por la rampa para lisiados porque un poco lisiados somos todos que aunque no se vean a primera vista nuestras limitaciones tenemos todos y que a lo mejor si subía por la rampa en lugar de las escaleras las limitaciones mías se me volvían más limitadas. Cuando terminé de pensar esto ya estaba metiendo la llave en la cerradura de la puerta y un segundo después adentro de mi montaña donde no había escaleras.

domingo, 18 de julio de 2010

La vida subacuática

El día que decidimos saltar fuimos hasta el puente. Era un día de mucho calor. Las gaviotas sobrevolaban el mar y caían cada tanto en picada como aviones japoneses. Después de unos segundos reaparecían, con el cuello erguido en el vuelo, lleno de carne de pescado que se movía todavía. Los autos pasaban llenos de familias amontonadas, con los techos cargados de tablas y pelotas y mantas y sillas y baldes y palitas y radios y canastas con comida y el sosiego pasajero de las vacaciones.
Nosotros, de espaldas a la ruta, solamente podíamos respirar por última vez el aire húmedo y salado que se nos pegaba en la cara.
Yo no sé en qué pensaba Ana, porque todavía no habíamos aprendido a entendernos a no ser por lo que hablábamos o hacíamos, y aún así muchas veces era imposible estar seguros de que lo que uno armaba en su cabeza podrida era lo mismo que el otro había dejado salir de su cabeza saturada de crucigramas mentales e inconclusos.
Cuando el sol empezó girar contra la tierra supimos que era el momento. En un gesto compartido nos pusimos de espaldas, con las cabezas apoyadas en los hombros del otro, como desnucados vivos. Pasé mis dos brazos por debajo de los de Ana y ella me apretó con la misma fuerza inusitada que desde el primer día me había llamado la atención viniendo de una mujer que parecía más un hada corrompida por las circunstancias que cualquier otra cosa. Saltamos, y como una estaca que se clava en la tierra rompiendo maleficios antiguos tocamos el agua.

La vida ahí abajo no fue lo que esperábamos. Con esto no quiero decir que fuera mejor o peor. Sólo digo que fue distinto. Lo primero que nos maravilló fue que seguíamos vivos. Lo segundo, que podíamos hablar y respirar como lo hacíamos cuando vivíamos en la tierra. Pero más allá del prodigio las palabras no habían perdido su solidez estúpida, así que decidimos permanecer en silencio hasta estar seguros de que los sonidos no serían más que bisagras oxidadas murmurando en alguna lengua inexistente. El aire no importó. Los pulmones se nos llenaron de agua con la primera inspiración y todo siguió latiendo como si los cuerpos también fueran de alguna sustancia líquida.
Cuando los ojos se nos acostumbraron a la luz turbia de la vida subacuática vimos al tiempo que también era el mismo, pero de una lentitud que en la tierra sólo podría significar que uno andaba muerto, o tal vez dormido. Ana me agarró una mano y me guió. Era una buena nadadora, Ana.
La primera noche dormimos entre los dientes de un pez que era de trapo y se movía con un pulso inerme. Yo soñé que era un cuerpo libre de culpas atravesando la pared móvil del agua, llevando y trayendo algunos pensamientos que compartía con Ana sin decirlos en voz alta, sin movernos más que lo que la corriente nos imponía, sin llorar. Ana soñó que respiraba por los ojos y se inflaba de paz. Después subía hasta la superficie y se alejaba de mí por última vez.

sábado, 10 de julio de 2010

Esteban era un hombre que guardaba los fósforos usados en el cajón de los cubiertos, y como prescindía de comer alimentos tradicionales, cuando sentía en el cuerpo algo parecido al hambre, usaba los fósforos para clavarlos en los ojos de pescado que hervía en agua de azar cada noche y que serían, consistentemente, su única ingesta del día.

La casa donde vivía Esteban tenía dos puertas de entrada y cinco ventanas que daban a un mar de espejos. Alrededor del mar había un estanque donde nadaba una carpa naranja y alrededor del estanque cientos de orquídeas que Esteban alimentaba con el musgo que crecía sobre los cachalotes que flotaban en el agua.

Esteban dormía de día y se dedicaba en la noche a distintas tareas que apiladas con un orden extraño que sólo él entendía formaban una vida iluminada por luces artificiales y blancas.

Una de las actividades preferidas de Esteban consistía en sentarse al lado del estanque, cuando el mar no estaba demasiado embravecido, a charlar con la carpa, que aún cuando tenía casi su misma edad, sabía cosas que él no.

Una de las noches la carpa le contó a Esteban lo que sabía de lo perecedero. De lo que significa que el tiempo se vuelva líquido como un vidrio que se ensancha en su base sin que nadie lo note. Esa noche que Esteban escuchó a la carpa hablar del tiempo y entonces de la muerte decidió que si algún día le tocaba morir exigiría que su primera y última voluntad fuera cumplida.

Otra de sus actividades preferidas se iba en pintar las paredes de un galpón trasero con frases de fundamentalistas orientales y occidentales. Fórmulas piramidales y absolutos inútiles que para la gente común eran el ABC de la monotonía que los sostenía y que para Esteban eran un juego sin sentido pero formalmente correcto y por tal hermoso.

jueves, 10 de junio de 2010

El, ella y las hormigas

http://www.youtube.com/watch?v=9B-h1EEsKDA

El llega del trabajo a las 20 30. Ordenó su casa antes de salir. Pasó por el supermercado, por otro que no es donde ella trabaja.

Ella salió del trabajo a las 22 y caminó las cinco cuadras hasta la casa de él. Se pintó apenas los labios y se cepilló el pelo tratando de sacar los restos del día de cajera de supermercado.

El preparó una picada modesta pero rica. Un bree entero sobre una tabla chica, con un cuchillo para quesos apoyado en el borde. Unos panes de hierbas de la panadería de siempre. Un lever, aceitunas negras con carozo, tronquitos de apio con aceite de oliva y queso crema con cebolla seca, pimienta y otra vez aceite de oliva. Dejó todo sobre la mesa y con el filo del ojo vio el tarro de veneno en una esquina de la cocina. Se acordó de las hormigas. Sin rastros. La eficacia de la muerte. Se acercó hasta el tarro y lo guardó atrás de la puerta. Timbre.

Recordó el frío de la calle y se puso el pulóver gris topo para bajar a abrirle.

Ella está parada en la vereda, de espaldas a la puerta de vidrio de la entrada. Tiene un sobretodo bordó, pantalones seguramente ajustados y unas botas con un poco de taco. De espaldas le ve la cara y sonríe.

(Ruido de la puerta al abrirse)

El – Hola

Ella – Hola

(Beso en la mejilla. Primer beso)

El - ¿Cómo estás?

Ella – Bien, un poco cansada, pero bien. ¿Vos?

El – Nada cansado así que bien. Estás linda sin tu uniforme.

(Ella sonríe con la boca cerrada)

Ella - ¿El uniforme no me queda bien?

El – Ustedes las mujeres siempre la misma historia

Ella - ¿Cuál?

(El sonríe)

Ella - ¿Me preguntás de nuevo como estoy?

(El la mira inclinando la cabeza con curiosidad)

El- ¿Cómo estás?

Ella – Muy bien, pero con bastante frío. ¿Entramos?

(El sonríe con la boca abierta)

El – Sí claro.

(El entra primero pero le sostiene la puerta desde adentro y la cierra. Caminan hasta el ascensor. El abre la puerta. Ella la cierra. Entran al departamento. Charlan del sofá rosa que él tiene en el living. Ella se ríe un poco mientras hablan. El también. Van a la cocina y se sientan a la mesa. Todo es fácil. Ella le cuenta que vive en Caballito desde que tiene 20 años. El casi no la escucha pero le gusta. El le cuenta que vive en Palermo hace tres años, cuando se separó de otra mujer y que Cortázar es casi su escritor favorito. Hablan. Y se ríen. Y hablan mientras se ríen. El pone un disco de José González. Ella no lo conoce, pero le gusta. Ella le cuenta que cuando eran chicos iban a una quinta donde había hormigueros gigantes. Tan grandes que podías hundir una pierna hasta la mitad de la pantorrilla, pero que tenías que sacar muy rápido el pie porque si no las hormigas se te subían y te picaban. El – ¿Y vos que harías si te rompieran tu casa con un pie? Ella – Exactamente lo mismo. Por suerte no soy una hormiga. El se acuerda del frasco de veneno, del polvo blanco. De los montones de hormigas muertas que juntó durante la semana. De las patitas enroscadas y las antenas quietas. Ella - ¡Una hormiga! Me vienen a buscar. La hormiga camina desorientada sobre la mesa, en círculos o algo así. Se ríen. El la mata con el índice izquierdo y la tira en la pileta. Abre la canilla. El tiempo pasa como siempre).

Ella – Bueno, creo que es bastante tarde. Y tengo miedo de que vengan más hormigas.

El – No te preocupes. Esa era la última. Estuve batallando toda la semana.

Ella – Nunca es suficiente con las hormigas. Y evidentemente no las conocés si pensás que esa era la última.

El – Puede que tengas razón. Igual es verdad. Es tarde.

(Se levantan. Caminan hasta el living. El agarra su sobretodo y se lo da. Ella se lo pone. El la mira. Ella lo mira. )

Ella – ¿Bueno vamos?

El – Dale

(Ella no se mueve un centímetro. El tampoco. Se miran. Pasan cuatro segundos. José González sigue cantando. Con el filo del ojo ve algo que se mueve. Demasiado rápido. Demasiado chiquito. El desvía la mirada. Una hormiga. El piensa que es verdad. Que evidentemente no sabe nada de hormigas. Que la que vio era el primer soldado de la segunda batalla. Y es un soldado con mandíbulas fuertes. De un solo mordisco rompió la soga de las miradas. Ella baja la cabeza. Ya no se ríe.)

Ella – Bueno dale abrime.

El – Si vamos

(El se acerca y con las dos manos le arregla las solapas del sobretodo. Cuando termina sigue agarrado de las solapas)

Ella – Va ser difícil

El - ¿Qué?

Ella – Irme si vos te quedás con mis solapas.

El – ¿No te gustan las cosas difíciles?

Ella – En general no. Pero ésta me divierte.

(Ella con las dos manos lo agarra del pulóver. Sin hacer fuerza. A la altura de la cintura)

Ella – Si vos te quedás con mis solapas yo me quedo con tu pulóver.

El – Quedátelo. Yo no pienso soltar mis solapas. Si lográs sacármelo te lo quedás.

Ella – Para ser alguien que dice haber leído tanto Cortázar sos bastante arriesgado.

El – Se nota que te falta. Mi pulóver es gris topo.

Ella – Es azul

El – Es gris topo.

Ella – Es azul.

El- Es gris topo

(Los dos sonríen con la boca cerrada)

Ella – Aún así sos arriesgado.

(Ella levanta el pulóver. Sin esfuerzo aparece la cabeza de él. Despeinada. Los brazos de él quedan cubiertos con la lana del pulóver azul topo. Ella se ríe. Todavía con la boca cerrada, pero con los pómulos altos y los ojos achinados)

El – Te apuesto algo a que aún así te puedo sacar una bota

Ella – No hay chance

El – Apostemos

Ella – ¿Qué apostamos?

El – Una palabra

Ella - ¿Cuál?

El – Esta

(El se acerca más y le dice una palabra casi en el oído. Se separa un poco. Ella lo mira. Le sonríe, y le da un beso. En la pared de la puerta de salida que sigue cerrada dos hormigas caminan hacia la cocina).

martes, 8 de junio de 2010

Circo de hormigas


María Luz se había vuelto un ser especial para sus pares el día en que llevó al colegio, como proyecto para Ciencias Naturales, un circo de hormigas. El circo de hormigas era en principio menos precario de lo que todos esperaban de ella: una pecera bastante grande, cúbica como sus pies. A lo largo de toda la pecera se extendía un alambre que por supuesto era la zona de las hormigas equilibristas. Precavida como fue siempre, justo debajo del alambre, María Luz había colgado una media de red, que para ojos poco entrenados en cuestiones circenses parecía más una hamaca paraguaya que cualquier otra cosa, pero que claro, era en realidad la red de seguridad de las hormigas equilibristas. En el piso de la pecera, o mejor dicho, suspendido a 3 centímetros del piso, había un frasquito de vidrio transparente. Esta era la rueda del peligro y el fuego. Es sabido por los que saben, que las hormigas no montan ni motos ni bicicletas, así que para terminar de darle forma al número, María Luz colocaba debajo de la rueda del peligro unos algodoncitos empapados en alcohol, que al encenderse hacían que las hormigas caminaran a toda velocidad y en todas las direcciones que el frasquito les permitía.
Estaban también las hormigas payaso. Estas eran claramente diferenciables porque María Luz les había pintado los lomos con plasticola de color, y a las hormigas mujeres les había puesto también brillantina en la cabeza. Pero, sin dudas, el número más llamativo era el de la hormiga domador. Este número no funcionaba permanentemente ya que era difícil conseguir algún otro insecto carnívoro que hiciera las veces de león. No tanto por la dificultad de encontrar a este tipo de insectos, si no porque, a diferencia de los hombres, los insectos viven estrictamente lo que necesitan, y ningún insecto necesita ser observado mientras se come una pobre hormiga.

lunes, 22 de febrero de 2010

Más hormigas

Por eso te digo lo que te digo. Hace rato que las sombras se perpetuaron en las paredes. Las vimos aparecer. ¿Te acordás? ¿Te acordás que las vimos? Pero yo no pensé que fueran a quedarse, ahí, moviéndose como si siempre hubiera viento entrando por las ventanas que están cerradas. Hay una sombra que está cansada de reírse. ¿La ves? Es probable que se muera muy pronto de tanto reír. Traté de arrancarla de la pared para evitarle la muerte. Pero las sombras como la risa caen por su propio peso cuando terminan. Yo quisiera saber si estás escuchando lo que te digo. ¿Estás escuchando? ¿Me escuchás? Porque te veo de espaldas. Hay una sombra trepándote por el tobillo izquierdo. Lo hace con cuidado para que no la sientas. Eso es lo que hacen las sombras ¿Sabés? Y aunque estés de espaldas sé que tenés los ojos cerrados. Pero tal vez no te diste cuenta porque siempre estás viendo cosas. Aún cuando dormís estás viendo cosas que después me contás. Y yo te lo cuento ahora porque te olvidás de todo. Lo que yo te digo te lo digo porque no te diste cuenta solo ¿sabés? Yo estuve bastante tiempo buscando la forma de estar tranquila en esta hamaca. Me senté acá porque estaba un poco cansada de todo lo que caminamos Me gustaría que te dieras cuenta de que estuve cansada y que necesité llegar a la hamaca para mirar a las hormigas desde tan alto que son invisibles. Como vos y como yo. Nos volvimos invisibles. ¿Viste eso? ¿Viste que somos invisibles? Como las hormigas vistas desde acá. Pero ellas siguen caminando. Seguro. ¿Sabías que las hormigas se mueren en lugar de quedarse dormidas? Caminan hasta morirse. Yo en cambio quería llegar a esta hamaca que por suerte colgamos de esta grúa de puerto. Y desde acá te miro, de espaldas. Estoy segura de que no escuchás. ¿Dormís? Ey, shhh, no, tranquilo. Quería preguntarte solamente si me estás escuchando. Pero está bien. Dormí. Yo voy a estar acá. Si el viento sopla fuerte y logra abrir las ventanas tal vez empuje a la grúa y caiga. Pero no. Tranquilo, no te preocupes. Dormí. Yo sé caer.