martes, 26 de enero de 2016
Silvia y Laura
lunes, 24 de marzo de 2014
Viernes con significado
lunes, 10 de febrero de 2014
Comen sapos
viernes, 31 de enero de 2014
Aire comprimido
domingo, 19 de enero de 2014
Heladero
sábado, 18 de enero de 2014
Pedaleo
jueves, 6 de junio de 2013
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Cristian A.
Cristián está sentado en la ventana que da al estacionamiento. Las piernas le cuelgan para afuera y él las balancea un poco. Las hace chocar contra la medianera. Chocar y rebotar. Atrás, apoyado en la pared, está el cuadro que terminó hace unas horas. El último de la serie.
Cristian se miró pintado en la tela, colgando, vivo, de una cruz enorme que emerge del mar. El del cuadro mira sin remordimiento, con una sonrisa de bocas cerradas que el de afuera del cuadro nunca tiene. El es de esa gente que se ríe con la boca toda abierta, toda llena de risa que se cae como baba de perros grandes con hambre. Su torso, el del cuadro, un poco torcido sobre sí mismo. Al lado suyo una sirena lo abraza, apoyando una mano sobre sus pectorales marcados por los aparatos. Al otro lado, una princesa lo toca y lo enreda con su pelo que se cae de a metros. Cristian se mira en el cuadro y entiende lo que significa la palabra fin. Va hasta la ventana y entonces es ahora, con las piernas colgando. Todavía hay luz de día. La última luz de un día que es de esos que parece que ya hubiera sido vivido por otro, por alguien que nos contó de los cielos este día. Desde el cielo del cuadro, atrás de Cristian y escondido del cielo de todos, la cara del Che Guevara pintada en colores fluo lo mira. Le mira la espalda, también marcada por los aparatos.
Con los ojos ahora cerrados, Cristian, el que está sentado, se imagina que Cristian, el del cuadro, se baja de la cruz para bajar al Che del cielo. Ve su brazo estirado que se acerca a la cara del revolucionario. Lo acaricia. El Che acerca su boca a la de Cristian y le dice algo sobre las armas.
domingo, 9 de enero de 2011
Cuando miré por la ventana estábamos a la altura del hipódromo de Palermo. En la pista había cinco o seis jockeys bareando los caballos para las carreras de la tarde. Me acordé de mis dieciseis años, cuando me escapaba del colegio para ir a ver los bareos en el hipódromo de San Isidro. Estar en ese espacio enorme y sin techo era como haber llegado a algún tipo de tierra prometida donde no pensar. Solamente la velocidad en las patas de los caballos y el tamaño ridículo de los Jockeys y el polvo que volaba cuando había viento y los árboles de alrededor de la pista y las voces agudas de los jinetes y esas cosas que por esos años a mí me hacían bastante felíz. El tren frenó. Salí y bajé hasta el subte. LLegué a Constitución. El tren iba lleno de familias numerosas, mujeres gordas que transpiraban hartazgo o acostumbramiento. Chicos y chicos y más chicos y los hombres. Me abstraje mirando cómo se mezclaban los colores de la ropa y cómo las voces de la gente se salían de las bocas como el humo de pensamientos que se vacían en la oralidad.
martes, 7 de septiembre de 2010
Los apuntadores
Ciudadano Luis: ya sé Miguel, pero que querés, el frío me pone ermitaño.
Apuntador Miguel: sí, ahora estás ermitaño, pero en unos días cuando llegue la primavera y veas a todas las minitas en la calle, con musculosas y polleritas vas a mirar alrededor y vas a estar solo, y ahí te vas a querer tirar un tiro en las pelotas.
Ciudadano Luis: No seas tan drástico. Me lo decís como si no hubiera hecho todo lo posible para que la cosa funcionara.
Apuntador Miguel: Justamente, no hiciste todo lo posible. Te tomaste el palo con la cola entre las patas, y esa cola te va a salir del otro lado y va a ser lo más parecido a una pija dura que veas en tu vida.
Ciudadano: ¿Podrías no ser tan bestialmente gráfico? A veces siento que lo mejor para los dos sería que me cambiaran de apuntador. No cuestiono el contenido pero la fooorma... ¿Entendés la diferencia?
Apuntador Miguel: Sí, claramente Luis. La diferencia madre es que yo tengo sangre en las venas y vos no. Mirá, mi función no es insistirte ni convencerte de nada. Yo solamente te puedo recordar situaciones pasadas, muy similares a la actual, para que vos veas que seguís siendo el mismo gil de siempre, y que eso te va a sacar verrugas en el culo.
Ciudadano Luis: ¿Entonces qué hago?
Apuntador Miguel: Yo no puedo decirte qué hacer. O a ver, como poder podría, pero no me toca, y además vos sos medio pendejo, si te digo hacé esto vas a hacer lo otro y yo para pendejos ya tengo los míos. (Hace una pausa y sigue) Te tiro las situaciones pasadas de características similares a la actual a ver si te iluminás un poco:
(El apuntador Miguel saca de su maletín una carpeta que dice: Ciudadano Luis. Relaciones afectivas no efectivas. Lee en vos alta)
Situación 1: inicio de la relación, verano de 2007. Final abrupto e injustificado, invierno de 2008.
(El apuntador lo mira por sobre sus anteojos)
Apuntador Miguel: Relativo a tu condición de cagón. (Sin darle tiempo a responder prosigue). Nombre de la pareja: Mariana, estudiante de letras. Linda mina, te hace reír. Un poco temperamental. Tajante al momento de las decisiones pero justa. Exigencias medidas, buen trato. Situación detonante de la separación: ella se va a un congreso de letras en Rosario, te avisa desde el micro porque "le salió la beca de estadía y no lo supe hasta hoy". El ciudadano siente falta de compromiso en la relación y una defectuosa comunicación. Por mensaje de texto le comunica a Mariana que se siente poco acompañado. Hablemos a tu vuelta. A la vuelta un monólogo donde el ciudadano arguye distintas idioteces, y que mejor estar solos en lugar de una falsa realidad de pareja. Mariana te mira con los ojos muy abiertos, toma un sorbo de café y ¿estás bien vos? ¿Te das cuenta lo que me estás diciendo? Este congreso estaba buenísimo para mí, y no sabía que iba a poder ir. ¿No te parece un poco injusto? El ciudadano calla. Prefiero que sea ahora que todavía no estamos tan enganchados. Mariana entiende todo, deja cinco pesos para el café. Se levanta y se va. Nunca más se ven.
(El apuntador vuelve a mirarlo por sobre sus anteojos. El ciudadano calla con un gesto de chico injustamente mal señalado).
Situación 2: Inicio de relación, octubre de 2008. Finalización más injustificada que la anterior, agosto de 2009. Nombre de la pareja: Lara. Actividad: jefa del área de relaciones laborales de una fábrica de aceites. Datos especiales señalados: 5 años mayor que el ciudadano.
(interrumpiendo la lectura)La verdad que a las minas no las entiende ni su vieja eh, porque esta también, linda chica, una vida casi hecha y encargarse de un tibio como vos...
Ciudadano Luis: Mirá Miguel, yo hago lo que puedo.
Apuntador Miguel: No Luis, casi nunca en la vida hacemos lo que podemos. En general hacemos lo que sabemos hacer, lo que nos enseñaron, lo que es más fácil o rápido, lo que vimos hacer a otros el día anterior. Pero de ahí a lo que realmente podemos hay una distancia gigante. Bue... sigo.
Situación detonante: el ciudadano propone a la pareja convivir en su casa porque siento que nos entendemos y que estaría bueno dar ese paso. Sí Luis, a mí me encantás, pero creo que necesito un poco más de tiempo. ¿Tiempo para qué? Bueno, no sé, todavía quiero un rato más para mí sola ¿entendés? Levantarme algunas mañanas despatarrada en la cama, pavadas. (En un intento de ser gracioso) Si es por la cama podemos comprar una king. (Ella se ríe enternecida) Sí, de una, a ver, me gusta lo que me decís y es una idea común, pero necesito un rato más así como estamos. ¿Me entendés? Sí, creo que sí. Esa noche el boludito sale con sus amigos y se mueve a una morocha que en sus palabras: "no podía ni recordar su segundo nombre". No contento con esta idiotez, se plantea el desafío aún mayor de superarse, va y se lo cuenta a Lara. Sos un pendejo Luis. Andate. El se va sin intentar nada.
(Pausa en la lectura. Mirada en el papel. Y sigue)
Situación 3.
domingo, 5 de septiembre de 2010
Idea para teatro breve. Posible título: Ella y el descamisado
Descriptor de escena: En la mitad del escenario hay un hinodoro y una mujer sentada en él. La mujer está desnuda pero un diario muy grande que sostiene con ambas manos delante de sí protege al público de su desnudez. En un gesto rápido o abrupto la mujer se incorpora y grita con la máxima potencia de su voz:
DE: La mujer es hermosa de una manera un poco anticuada. En su teta derecha tiene un tatuaje de Evita y bordeando su pezón izquierdo un hexagrama minúsculo del I Ching que se reitera infinitamente, como se reiteran los pezones, que son circulares. De su cuello cuelga una lupa de metal plateado. Con la mirada congelada en el frente Ella repite como para sí misma con voz casi inaudible:
Acto 2
domingo, 22 de agosto de 2010
Alerta meteorológica
jueves, 19 de agosto de 2010
Basura mental
En el andén hay al menos 100 personas esperando que el tren llegue a la estación. Mientras pienso esto pienso también cuántos relatos empiezan con "En el andén" y a la vez pienso qué estará pensando el chico alto que está parado al lado mío con un traje bastante arrugado y un gorrito de lana en la cabeza. Se ve que el chico piensa lo mismo porque me mira de la misma manera en que yo lo miro a él. Mientras pienso esto, lo de la cantidad de gente en el andén, lo de los relatos, lo del chico pienso también que llego tarde a la reunión y que todo sería más fácil si tuviera un caramelo ácido en algún lugar de mi mochila. Recuerdo que tengo, en algún lugar de mi mochila, un caramelo ácido. Llega el tren. El chico alto de traje arrugado y gorrito de lana me deja pasar y yo siento que soy la mujer más afortunada del mundo y me río. El se ríe y yo me vuelvo a reír pero ahora más de verdad porque soy la mujer más afortunada del mundo por partida doble: me dejan pasar primero al tren, lo que me salva de perder mis piernas en un accidente trágico, y logro que mi salvador sonría. Me vuelvo a reír pero esta vez de otra manera porque no puedo creer que sea tan estúpida y que me enamore de todo con la misma facilidad con la que me desenamoro.
II
El tren arranca y el chico alto de traje arrugado y gorrito de lana es mi guardaespaldas. Se me ocurre pensar que con lo que sea que sentimos está hecho de engranajes de monedas de dos caras o más que nos permiten la simultaneidad increíble pero real de sentimientos antagónicos. Pienso en mi mejor amiga y en su mamá que está volviendo hecha cenizas en un avión desde París y también en un argumento convincente para evitar que me cobren una multa por viajar en tren sin boleto. Me importa tres carajos la multa pero me emociona la posibilidad inmediata de pelearme con alguien. Pienso que voy a decirle al gorila que me pide el boleto que si quiere que me lleve presa pero que yo la multa no se la pago, que esperé veinte minutos para sacar el boleto, que dejé pasar dos trenes y que si TBA no quiere contratar más personal no es culpa mía ni suya, pero menos mía. Me voy a quedar parada enfrente del guarda, diciéndole que no tengo problema en pagar el boleto de Villa Urquiza a Carranza, que es lo que hubiera hecho, pero que de ninguna manera pago la multa y que como le decía que me lleve presa si le parece pero que antes me deje llamar a mi vieja para que esté al tanto de la situación por si me pasa algo en el camino. Llego a mi estación, no hay nadie controlando. Me quedo con las ganas de exigirle justicia o piedad al hijo de puta que hizo que la mamá de mi mejor amiga esté volviendo hecha cenizas en un avión desde París.
III
miércoles, 11 de agosto de 2010
El alud
lunes, 9 de agosto de 2010
La escalera en la montaña
domingo, 18 de julio de 2010
La vida subacuática
Nosotros, de espaldas a la ruta, solamente podíamos respirar por última vez el aire húmedo y salado que se nos pegaba en la cara.
Yo no sé en qué pensaba Ana, porque todavía no habíamos aprendido a entendernos a no ser por lo que hablábamos o hacíamos, y aún así muchas veces era imposible estar seguros de que lo que uno armaba en su cabeza podrida era lo mismo que el otro había dejado salir de su cabeza saturada de crucigramas mentales e inconclusos.
Cuando el sol empezó girar contra la tierra supimos que era el momento. En un gesto compartido nos pusimos de espaldas, con las cabezas apoyadas en los hombros del otro, como desnucados vivos. Pasé mis dos brazos por debajo de los de Ana y ella me apretó con la misma fuerza inusitada que desde el primer día me había llamado la atención viniendo de una mujer que parecía más un hada corrompida por las circunstancias que cualquier otra cosa. Saltamos, y como una estaca que se clava en la tierra rompiendo maleficios antiguos tocamos el agua.
La vida ahí abajo no fue lo que esperábamos. Con esto no quiero decir que fuera mejor o peor. Sólo digo que fue distinto. Lo primero que nos maravilló fue que seguíamos vivos. Lo segundo, que podíamos hablar y respirar como lo hacíamos cuando vivíamos en la tierra. Pero más allá del prodigio las palabras no habían perdido su solidez estúpida, así que decidimos permanecer en silencio hasta estar seguros de que los sonidos no serían más que bisagras oxidadas murmurando en alguna lengua inexistente. El aire no importó. Los pulmones se nos llenaron de agua con la primera inspiración y todo siguió latiendo como si los cuerpos también fueran de alguna sustancia líquida.
Cuando los ojos se nos acostumbraron a la luz turbia de la vida subacuática vimos al tiempo que también era el mismo, pero de una lentitud que en la tierra sólo podría significar que uno andaba muerto, o tal vez dormido. Ana me agarró una mano y me guió. Era una buena nadadora, Ana.
La primera noche dormimos entre los dientes de un pez que era de trapo y se movía con un pulso inerme. Yo soñé que era un cuerpo libre de culpas atravesando la pared móvil del agua, llevando y trayendo algunos pensamientos que compartía con Ana sin decirlos en voz alta, sin movernos más que lo que la corriente nos imponía, sin llorar. Ana soñó que respiraba por los ojos y se inflaba de paz. Después subía hasta la superficie y se alejaba de mí por última vez.
sábado, 10 de julio de 2010
La casa donde vivía Esteban tenía dos puertas de entrada y cinco ventanas que daban a un mar de espejos. Alrededor del mar había un estanque donde nadaba una carpa naranja y alrededor del estanque cientos de orquídeas que Esteban alimentaba con el musgo que crecía sobre los cachalotes que flotaban en el agua.
Esteban dormía de día y se dedicaba en la noche a distintas tareas que apiladas con un orden extraño que sólo él entendía formaban una vida iluminada por luces artificiales y blancas.
Una de las actividades preferidas de Esteban consistía en sentarse al lado del estanque, cuando el mar no estaba demasiado embravecido, a charlar con la carpa, que aún cuando tenía casi su misma edad, sabía cosas que él no.
Una de las noches la carpa le contó a Esteban lo que sabía de lo perecedero. De lo que significa que el tiempo se vuelva líquido como un vidrio que se ensancha en su base sin que nadie lo note. Esa noche que Esteban escuchó a la carpa hablar del tiempo y entonces de la muerte decidió que si algún día le tocaba morir exigiría que su primera y última voluntad fuera cumplida.
Otra de sus actividades preferidas se iba en pintar las paredes de un galpón trasero con frases de fundamentalistas orientales y occidentales. Fórmulas piramidales y absolutos inútiles que para la gente común eran el ABC de la monotonía que los sostenía y que para Esteban eran un juego sin sentido pero formalmente correcto y por tal hermoso.
jueves, 10 de junio de 2010
El, ella y las hormigas
El llega del trabajo a las 20 30. Ordenó su casa antes de salir. Pasó por el supermercado, por otro que no es donde ella trabaja.
Ella salió del trabajo a las 22 y caminó las cinco cuadras hasta la casa de él. Se pintó apenas los labios y se cepilló el pelo tratando de sacar los restos del día de cajera de supermercado.
El preparó una picada modesta pero rica. Un bree entero sobre una tabla chica, con un cuchillo para quesos apoyado en el borde. Unos panes de hierbas de la panadería de siempre. Un lever, aceitunas negras con carozo, tronquitos de apio con aceite de oliva y queso crema con cebolla seca, pimienta y otra vez aceite de oliva. Dejó todo sobre la mesa y con el filo del ojo vio el tarro de veneno en una esquina de la cocina. Se acordó de las hormigas. Sin rastros. La eficacia de la muerte. Se acercó hasta el tarro y lo guardó atrás de la puerta. Timbre.
Recordó el frío de la calle y se puso el pulóver gris topo para bajar a abrirle.
Ella está parada en la vereda, de espaldas a la puerta de vidrio de la entrada. Tiene un sobretodo bordó, pantalones seguramente ajustados y unas botas con un poco de taco. De espaldas le ve la cara y sonríe.
(Ruido de la puerta al abrirse)
El – Hola
Ella – Hola
(Beso en la mejilla. Primer beso)
El - ¿Cómo estás?
Ella – Bien, un poco cansada, pero bien. ¿Vos?
El – Nada cansado así que bien. Estás linda sin tu uniforme.
(Ella sonríe con la boca cerrada)
Ella - ¿El uniforme no me queda bien?
El – Ustedes las mujeres siempre la misma historia
Ella - ¿Cuál?
(El sonríe)
Ella - ¿Me preguntás de nuevo como estoy?
(El la mira inclinando la cabeza con curiosidad)
El- ¿Cómo estás?
Ella – Muy bien, pero con bastante frío. ¿Entramos?
(El sonríe con la boca abierta)
El – Sí claro.
(El entra primero pero le sostiene la puerta desde adentro y la cierra. Caminan hasta el ascensor. El abre la puerta. Ella la cierra. Entran al departamento. Charlan del sofá rosa que él tiene en el living. Ella se ríe un poco mientras hablan. El también. Van a la cocina y se sientan a la mesa. Todo es fácil. Ella le cuenta que vive en Caballito desde que tiene 20 años. El casi no la escucha pero le gusta. El le cuenta que vive en Palermo hace tres años, cuando se separó de otra mujer y que Cortázar es casi su escritor favorito. Hablan. Y se ríen. Y hablan mientras se ríen. El pone un disco de José González. Ella no lo conoce, pero le gusta. Ella le cuenta que cuando eran chicos iban a una quinta donde había hormigueros gigantes. Tan grandes que podías hundir una pierna hasta la mitad de la pantorrilla, pero que tenías que sacar muy rápido el pie porque si no las hormigas se te subían y te picaban. El – ¿Y vos que harías si te rompieran tu casa con un pie? Ella – Exactamente lo mismo. Por suerte no soy una hormiga. El se acuerda del frasco de veneno, del polvo blanco. De los montones de hormigas muertas que juntó durante la semana. De las patitas enroscadas y las antenas quietas. Ella - ¡Una hormiga! Me vienen a buscar. La hormiga camina desorientada sobre la mesa, en círculos o algo así. Se ríen. El la mata con el índice izquierdo y la tira en la pileta. Abre la canilla. El tiempo pasa como siempre).
Ella – Bueno, creo que es bastante tarde. Y tengo miedo de que vengan más hormigas.
El – No te preocupes. Esa era la última. Estuve batallando toda la semana.
Ella – Nunca es suficiente con las hormigas. Y evidentemente no las conocés si pensás que esa era la última.
El – Puede que tengas razón. Igual es verdad. Es tarde.
(Se levantan. Caminan hasta el living. El agarra su sobretodo y se lo da. Ella se lo pone. El la mira. Ella lo mira. )
Ella – ¿Bueno vamos?
El – Dale
(Ella no se mueve un centímetro. El tampoco. Se miran. Pasan cuatro segundos. José González sigue cantando. Con el filo del ojo ve algo que se mueve. Demasiado rápido. Demasiado chiquito. El desvía la mirada. Una hormiga. El piensa que es verdad. Que evidentemente no sabe nada de hormigas. Que la que vio era el primer soldado de la segunda batalla. Y es un soldado con mandíbulas fuertes. De un solo mordisco rompió la soga de las miradas. Ella baja la cabeza. Ya no se ríe.)
Ella – Bueno dale abrime.
El – Si vamos
(El se acerca y con las dos manos le arregla las solapas del sobretodo. Cuando termina sigue agarrado de las solapas)
Ella – Va ser difícil
El - ¿Qué?
Ella – Irme si vos te quedás con mis solapas.
El – ¿No te gustan las cosas difíciles?
Ella – En general no. Pero ésta me divierte.
(Ella con las dos manos lo agarra del pulóver. Sin hacer fuerza. A la altura de la cintura)
Ella – Si vos te quedás con mis solapas yo me quedo con tu pulóver.
El – Quedátelo. Yo no pienso soltar mis solapas. Si lográs sacármelo te lo quedás.
Ella – Para ser alguien que dice haber leído tanto Cortázar sos bastante arriesgado.
El – Se nota que te falta. Mi pulóver es gris topo.
Ella – Es azul
El – Es gris topo.
Ella – Es azul.
El- Es gris topo
(Los dos sonríen con la boca cerrada)
Ella – Aún así sos arriesgado.
(Ella levanta el pulóver. Sin esfuerzo aparece la cabeza de él. Despeinada. Los brazos de él quedan cubiertos con la lana del pulóver azul topo. Ella se ríe. Todavía con la boca cerrada, pero con los pómulos altos y los ojos achinados)
El – Te apuesto algo a que aún así te puedo sacar una bota
Ella – No hay chance
El – Apostemos
Ella – ¿Qué apostamos?
El – Una palabra
Ella - ¿Cuál?
El – Esta
(El se acerca más y le dice una palabra casi en el oído. Se separa un poco. Ella lo mira. Le sonríe, y le da un beso. En la pared de la puerta de salida que sigue cerrada dos hormigas caminan hacia la cocina).
martes, 8 de junio de 2010
Circo de hormigas
María Luz se había vuelto un ser especial para sus pares el día en que llevó al colegio, como proyecto para Ciencias Naturales, un circo de hormigas. El circo de hormigas era en principio menos precario de lo que todos esperaban de ella: una pecera bastante grande, cúbica como sus pies. A lo largo de toda la pecera se extendía un alambre que por supuesto era la zona de las hormigas equilibristas. Precavida como fue siempre, justo debajo del alambre, María Luz había colgado una media de red, que para ojos poco entrenados en cuestiones circenses parecía más una hamaca paraguaya que cualquier otra cosa, pero que claro, era en realidad la red de seguridad de las hormigas equilibristas. En el piso de la pecera, o mejor dicho, suspendido a 3 centímetros del piso, había un frasquito de vidrio transparente. Esta era la rueda del peligro y el fuego. Es sabido por los que saben, que las hormigas no montan ni motos ni bicicletas, así que para terminar de darle forma al número, María Luz colocaba debajo de la rueda del peligro unos algodoncitos empapados en alcohol, que al encenderse hacían que las hormigas caminaran a toda velocidad y en todas las direcciones que el frasquito les permitía.
Estaban también las hormigas payaso. Estas eran claramente diferenciables porque María Luz les había pintado los lomos con plasticola de color, y a las hormigas mujeres les había puesto también brillantina en la cabeza. Pero, sin dudas, el número más llamativo era el de la hormiga domador. Este número no funcionaba permanentemente ya que era difícil conseguir algún otro insecto carnívoro que hiciera las veces de león. No tanto por la dificultad de encontrar a este tipo de insectos, si no porque, a diferencia de los hombres, los insectos viven estrictamente lo que necesitan, y ningún insecto necesita ser observado mientras se come una pobre hormiga.
