domingo, 9 de enero de 2011

Tomé el tren a retiro alrededor de las 4 de la tarde y sabía que el tren a Mar del Plata salía a las 8 de Constitución. Iba sin apuro porque sabía que conseguir o no un boleto no dependía de nada más que el azar. Me puse los auriculares y en toda mi cabeza apareció la voz de Shaman Herrera cantando algo sobre perder el control y de como las nenas gritan de placer. Pensé en abrir la botella de vino que había metido en mi mochila pero me pareció que no estaba mal seguir huyendo de la decadencia y que en todo caso siempre había preferido el lugar común: si me emborracho en un tren, que sea entre los cueros sucios del que me lleva a Mar del Plata. Ese es el tipo de decadencia que prefiero. La más común de todas. Siempre me pareció que las cosas viejas, al igual que alguna gente, tenían derecho a esa decadencia que es en realidad un lugar de reposo donde la mediocridad les hace espacio, lejos del juicio permanente de la superación.



Cuando miré por la ventana estábamos a la altura del hipódromo de Palermo. En la pista había cinco o seis jockeys bareando los caballos para las carreras de la tarde. Me acordé de mis dieciseis años, cuando me escapaba del colegio para ir a ver los bareos en el hipódromo de San Isidro. Estar en ese espacio enorme y sin techo era como haber llegado a algún tipo de tierra prometida donde no pensar. Solamente la velocidad en las patas de los caballos y el tamaño ridículo de los Jockeys y el polvo que volaba cuando había viento y los árboles de alrededor de la pista y las voces agudas de los jinetes y esas cosas que por esos años a mí me hacían bastante felíz. El tren frenó. Salí y bajé hasta el subte. LLegué a Constitución. El tren iba lleno de familias numerosas, mujeres gordas que transpiraban hartazgo o acostumbramiento. Chicos y chicos y más chicos y los hombres. Me abstraje mirando cómo se mezclaban los colores de la ropa y cómo las voces de la gente se salían de las bocas como el humo de pensamientos que se vacían en la oralidad.

martes, 7 de septiembre de 2010

Los apuntadores

A Fer y a mi inagotable capacidad para reiterarme.



Contexto: En un país ubicado en el extremo sur del continente americano transcurre el año 2010. En el resto del mundo también.
Empujados por la desesperanza generalizada multitudes de jóvenes y no tanto organizan terapias de choque para combatir el desasosiego instaurado por la falta de futuro producto de los continuos errores socio-geo-políticos del gobierno y también por la falta de fe en cualquier cosa.
Las multitudes de jóvenes y no tanto salen en paseos diurnos a patear palomas en busca de un alivio físico que domestique al menos domesticable estado del alma. También producen pintadas masivas de la cara del general, pero con bigote y sombrero mariachis.
El estado reacciona y por decreto, aunque no hubiera hecho falta tal gesto de autoritarismo porque la oposición completa comprende y apoya la medida en pos de preservar al electorado, decide la implementación del sistema de apuntadores. Sostiene que la desesperanza generalizada y la ausencia de fe no se deberían a los continuos errores socio-geo-políticos, por otro lado inexistentes, si no a la eterna condición del ser humano de reiterar sus falencias en los hechos sucesivos que arman al final una vida. Por esto y sin más decide asignar a cada ciudadano de la república un apuntador: un sujeto que firmemente formado recuerde a quien tiene a su cargo, las respuestas erróneas a situaciones correctas para evitar de esta manera mojar la pata, una vez más, en el mismo charquito.

Caso N° 1

Ciudadano Luis: ya sé Miguel, pero que querés, el frío me pone ermitaño.

Apuntador Miguel: sí, ahora estás ermitaño, pero en unos días cuando llegue la primavera y veas a todas las minitas en la calle, con musculosas y polleritas vas a mirar alrededor y vas a estar solo, y ahí te vas a querer tirar un tiro en las pelotas.

Ciudadano Luis: No seas tan drástico. Me lo decís como si no hubiera hecho todo lo posible para que la cosa funcionara.

Apuntador Miguel: Justamente, no hiciste todo lo posible. Te tomaste el palo con la cola entre las patas, y esa cola te va a salir del otro lado y va a ser lo más parecido a una pija dura que veas en tu vida.

Ciudadano: ¿Podrías no ser tan bestialmente gráfico? A veces siento que lo mejor para los dos sería que me cambiaran de apuntador. No cuestiono el contenido pero la fooorma... ¿Entendés la diferencia?

Apuntador Miguel: Sí, claramente Luis. La diferencia madre es que yo tengo sangre en las venas y vos no. Mirá, mi función no es insistirte ni convencerte de nada. Yo solamente te puedo recordar situaciones pasadas, muy similares a la actual, para que vos veas que seguís siendo el mismo gil de siempre, y que eso te va a sacar verrugas en el culo.

Ciudadano Luis: ¿Entonces qué hago?

Apuntador Miguel: Yo no puedo decirte qué hacer. O a ver, como poder podría, pero no me toca, y además vos sos medio pendejo, si te digo hacé esto vas a hacer lo otro y yo para pendejos ya tengo los míos. (Hace una pausa y sigue) Te tiro las situaciones pasadas de características similares a la actual a ver si te iluminás un poco:

(El apuntador Miguel saca de su maletín una carpeta que dice: Ciudadano Luis. Relaciones afectivas no efectivas. Lee en vos alta)

Situación 1: inicio de la relación, verano de 2007. Final abrupto e injustificado, invierno de 2008.

Ciudadano Luis: lo de abrupto e injustificado sabés que es relativo.

(El apuntador lo mira por sobre sus anteojos)

Apuntador Miguel: Relativo a tu condición de cagón. (Sin darle tiempo a responder prosigue). Nombre de la pareja: Mariana, estudiante de letras. Linda mina, te hace reír. Un poco temperamental. Tajante al momento de las decisiones pero justa. Exigencias medidas, buen trato. Situación detonante de la separación: ella se va a un congreso de letras en Rosario, te avisa desde el micro porque "le salió la beca de estadía y no lo supe hasta hoy". El ciudadano siente falta de compromiso en la relación y una defectuosa comunicación. Por mensaje de texto le comunica a Mariana que se siente poco acompañado. Hablemos a tu vuelta. A la vuelta un monólogo donde el ciudadano arguye distintas idioteces, y que mejor estar solos en lugar de una falsa realidad de pareja. Mariana te mira con los ojos muy abiertos, toma un sorbo de café y ¿estás bien vos? ¿Te das cuenta lo que me estás diciendo? Este congreso estaba buenísimo para mí, y no sabía que iba a poder ir. ¿No te parece un poco injusto? El ciudadano calla. Prefiero que sea ahora que todavía no estamos tan enganchados. Mariana entiende todo, deja cinco pesos para el café. Se levanta y se va. Nunca más se ven.

(El apuntador vuelve a mirarlo por sobre sus anteojos. El ciudadano calla con un gesto de chico injustamente mal señalado).

Situación 2: Inicio de relación, octubre de 2008. Finalización más injustificada que la anterior, agosto de 2009. Nombre de la pareja: Lara. Actividad: jefa del área de relaciones laborales de una fábrica de aceites. Datos especiales señalados: 5 años mayor que el ciudadano.

(interrumpiendo la lectura)

La verdad que a las minas no las entiende ni su vieja eh, porque esta también, linda chica, una vida casi hecha y encargarse de un tibio como vos...

Ciudadano Luis: Mirá Miguel, yo hago lo que puedo.

Apuntador Miguel: No Luis, casi nunca en la vida hacemos lo que podemos. En general hacemos lo que sabemos hacer, lo que nos enseñaron, lo que es más fácil o rápido, lo que vimos hacer a otros el día anterior. Pero de ahí a lo que realmente podemos hay una distancia gigante. Bue... sigo.

Situación detonante: el ciudadano propone a la pareja convivir en su casa porque siento que nos entendemos y que estaría bueno dar ese paso. Sí Luis, a mí me encantás, pero creo que necesito un poco más de tiempo. ¿Tiempo para qué? Bueno, no sé, todavía quiero un rato más para mí sola ¿entendés? Levantarme algunas mañanas despatarrada en la cama, pavadas. (En un intento de ser gracioso) Si es por la cama podemos comprar una king. (Ella se ríe enternecida) Sí, de una, a ver, me gusta lo que me decís y es una idea común, pero necesito un rato más así como estamos. ¿Me entendés? Sí, creo que sí. Esa noche el boludito sale con sus amigos y se mueve a una morocha que en sus palabras: "no podía ni recordar su segundo nombre". No contento con esta idiotez, se plantea el desafío aún mayor de superarse, va y se lo cuenta a Lara. Sos un pendejo Luis. Andate. El se va sin intentar nada.

(Pausa en la lectura. Mirada en el papel. Y sigue)

Situación 3.

(El ciudadano, interrumpiéndolo). Ok, basta. Ya entendí.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Idea para teatro breve. Posible título: Ella y el descamisado

Personajes:
Descriptor de escena
Ella
Público 1
Público 2

Acto 1

Descriptor de escena: En la mitad del escenario hay un hinodoro y una mujer sentada en él. La mujer está desnuda pero un diario muy grande que sostiene con ambas manos delante de sí protege al público de su desnudez. En un gesto rápido o abrupto la mujer se incorpora y grita con la máxima potencia de su voz:

Ella: LA CUENTA POR FAVORRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR

DE: La mujer es hermosa de una manera un poco anticuada. En su teta derecha tiene un tatuaje de Evita y bordeando su pezón izquierdo un hexagrama minúsculo del I Ching que se reitera infinitamente, como se reiteran los pezones, que son circulares. De su cuello cuelga una lupa de metal plateado. Con la mirada congelada en el frente Ella repite como para sí misma con voz casi inaudible:

Ella: La cuenta por favor
DE: Público 1 le arrima un papel higiénico que está lleno de cálculos de todo tipo. La cuenta. Público 1 se queda parado al lado de Ella con la mano extendida. Ella gira la cabeza y lo mira durante cinco segundos con los ojos a media asta, luego toma el papel. Público 1 vuelve a su asiento. Ella toma uno de los extermos del rollo y deja caer todo el resto, que rueda en orden por el pasillo hasta el final de la sala.

Acto 2

DE: Ella está parada en la mitad del escenario. Atrás el hinodoro y el diario tirado al lado. En su mano la punta del rollo. Lo deja caer. El clima general de todos sus movimientos es de una desorientación segura y pautada. Dicho esto transcurren cinco segundos en silencio y entonces Ella toma la lupa que cuelga de su cuello y mira el hexagrama minúsculo que bordea su pezón izquierdo. Con este gesto empieza su monólogo
Ella: (Monólogo a desarrollar)
Acto 3
DE: Acto 3. Nexo dramático entre el 2 y el 4. El tres... (Monólogo de DE a desarrollar. Empieza con un reflexión un poco desvariada sobre el significado del 3 en la numerología.)
DE: Mientras el tiempo se me va en palabras inútiles Ella camina siguiendo el papel hasta la última fila. El público, con el torso quieto, la sigue con cabezas que giran hasta el límite del dolor.
Acto 4
DE: Ella está parada ahora a la altura de la última fila de la sala. Un cálculo del papel le llama la atención. Se dobla en dos y pega la nariz casi contra el piso. Toma su lupa y mira con detenimiento. Tiembla un poco. No hay en su acción ningún signo de registro de alguna de las personas que la rodean. El público 2, sacándola de su cavilar numérico, la sorprende:
P2: ¿Tenés frío?
DE: Cuando Ella conteste y diga "muriendo" lo hará estirando la N
Ella: Me estoy muriennnndo de frío. No me había dado cuenta hasta que me preguntaste.
DE: P2 se saca su camisa y se la da. Ella la toma sin dudarlo y se la pone. Intrigada toma nuevamente la lupa y mira las tetillas de P2. Con el índice derecho las circunda, como buscando algo. Luego lo mira agradecida y se va. P2 la sigue con la mirada hasta que desaparece trás la puerta de la sala y así se queda por 10 segundos. La sala queda en silencio, espectante. P2 se para de su butaca, todavía con la mirada en la puerta. El público niega con la cabeza, y sólo con la cabeza. El torso quieto. P2 gira de un golpe la cabeza hacia donde la acción había comenzado, como si hubiera recordado algo. Busca con la mirada y camina hasta el escenario. Recoge del piso el comienzo o el final del royo, dependiendo de dónde se lo mire, y junta todo el papel desandando su camino. Luego, sale tras ella.
Cae el telón

domingo, 22 de agosto de 2010

Alerta meteorológica

Decidí que lo mejor sería ir caminando hasta casa. Al final no eran más de cincuenta cuadras. Hacía una semana que el pronóstico avisaba lluvia. Para hoy: alerta meteorológica punto 7. Me divirtió pensar que los meteorólogos hubieran ideado una escala para las alertas y se me ocurrió que sería bastante útil trasladar esta escala a las alertas que se prendían todos los días en mi conmutador mental. Esta, la de hoy, era sin dudas una alerta punto 3. Tampoco es cuestión de exagerar. El único problema grave que tenía es que desde hacía varios días una tristeza medio molesta se me había metido por alguna grieta que no tenía vista, y la muy miedosa no quería salir. Por eso pensé que si tal vez caminaba abajo de la lluvia mi tristeza se sentiría contenida por la masa, y finalmente saldría. O tal vez que yo, tan preocupada por todo el agua que caía sobre mí no sentiría culpa en agregar algunas gotas más al montón. Ahí pensé cuánta gente llorando se necesitaría para igualar una tormenta punto 7 en la escala de los meteorólogos.

jueves, 19 de agosto de 2010

Basura mental

I

En el andén hay al menos 100 personas esperando que el tren llegue a la estación. Mientras pienso esto pienso también cuántos relatos empiezan con "En el andén" y a la vez pienso qué estará pensando el chico alto que está parado al lado mío con un traje bastante arrugado y un gorrito de lana en la cabeza. Se ve que el chico piensa lo mismo porque me mira de la misma manera en que yo lo miro a él. Mientras pienso esto, lo de la cantidad de gente en el andén, lo de los relatos, lo del chico pienso también que llego tarde a la reunión y que todo sería más fácil si tuviera un caramelo ácido en algún lugar de mi mochila. Recuerdo que tengo, en algún lugar de mi mochila, un caramelo ácido. Llega el tren. El chico alto de traje arrugado y gorrito de lana me deja pasar y yo siento que soy la mujer más afortunada del mundo y me río. El se ríe y yo me vuelvo a reír pero ahora más de verdad porque soy la mujer más afortunada del mundo por partida doble: me dejan pasar primero al tren, lo que me salva de perder mis piernas en un accidente trágico, y logro que mi salvador sonría. Me vuelvo a reír pero esta vez de otra manera porque no puedo creer que sea tan estúpida y que me enamore de todo con la misma facilidad con la que me desenamoro.

II

El tren arranca y el chico alto de traje arrugado y gorrito de lana es mi guardaespaldas. Se me ocurre pensar que con lo que sea que sentimos está hecho de engranajes de monedas de dos caras o más que nos permiten la simultaneidad increíble pero real de sentimientos antagónicos. Pienso en mi mejor amiga y en su mamá que está volviendo hecha cenizas en un avión desde París y también en un argumento convincente para evitar que me cobren una multa por viajar en tren sin boleto. Me importa tres carajos la multa pero me emociona la posibilidad inmediata de pelearme con alguien. Pienso que voy a decirle al gorila que me pide el boleto que si quiere que me lleve presa pero que yo la multa no se la pago, que esperé veinte minutos para sacar el boleto, que dejé pasar dos trenes y que si TBA no quiere contratar más personal no es culpa mía ni suya, pero menos mía. Me voy a quedar parada enfrente del guarda, diciéndole que no tengo problema en pagar el boleto de Villa Urquiza a Carranza, que es lo que hubiera hecho, pero que de ninguna manera pago la multa y que como le decía que me lleve presa si le parece pero que antes me deje llamar a mi vieja para que esté al tanto de la situación por si me pasa algo en el camino. Llego a mi estación, no hay nadie controlando. Me quedo con las ganas de exigirle justicia o piedad al hijo de puta que hizo que la mamá de mi mejor amiga esté volviendo hecha cenizas en un avión desde París.

III

Mientras camino hasta el subte pienso que estoy un poco cansada de pensar y también que no sé en qué momento perdí de vista al chico alto con el traje bastante arrugado y un gorrito de lana en la cabeza.

miércoles, 11 de agosto de 2010

El alud

I
Cuando me desperté un silencio dislocado cruzaba la habitación. Me había dormido pensando en las probabilidades y posibilidades de que al despertar el frío del invierno se hubiera ido y también en lo raro que resulta que las bienaventuranzas del ánimo dependan del estado térmico de la piel.
II
La luz natural a medio encender se había desparramado por todo el cuarto y sentí que yo, en ese momento, era la sombra gastada de alguna otra persona que ya no conocía.
III
Salí de la cama y mientras preparaba el primer mate del día me acordé del tiempo que me había llevado juntar los volúmenes de la trilogía. Volví al living y miré los libros apilados, en orden, el último abajo, en la base, como corresponde a la historia, que es el final el que sustenta las causas y los efectos. No es el origen. No es la primera gota que desata el alud. Es el alud. El último libro sobre la mesa y el primero sellando la columna gramática en un gesto de falsa justicia, imponiendo que si la historia comienza por el comienzo no tiene más que terminar por el final.
IV
El ruido de la pava me llevó de vuelta a la cocina. La vacié del agua inútil, volví a llenarla y la puse sobre el fuego.

lunes, 9 de agosto de 2010

La escalera en la montaña

Hoy mientras subía las escaleras hasta mi departamento me di cuenta que es realmente más fácil subir montañas que subir escaleras. Las montañas al no tener escalones te permiten elegir el pulso, la distancia entre un paso y otro. Las escaleras en cambio tienden al autoritarismo. Te dicen suba el pie 25 centímetros luego el otro unos 50 centímetros y luego nuevamente el primero y así. La cosa simétrica. Las montañas no. Las montañas tienen superficies heterogéneas. Tienen pasto y a veces también ese polvo que si las subís en alpargatas te podés resbalar y hacerte unas frutillas en las rodillas o incluso desnucarte. Las escaleras también pueden provocar la muerte pero todo más medido. Una muerte medida es un espanto. Yo pensaba mientras pisaba el escalón número 13 que mejor volvía y subía de nuevo por la rampa para lisiados porque un poco lisiados somos todos que aunque no se vean a primera vista nuestras limitaciones tenemos todos y que a lo mejor si subía por la rampa en lugar de las escaleras las limitaciones mías se me volvían más limitadas. Cuando terminé de pensar esto ya estaba metiendo la llave en la cerradura de la puerta y un segundo después adentro de mi montaña donde no había escaleras.