Lo primero que hice después de matarme fue sacarme los zapatos y respirar. Tardé en darme cuenta que sentía la pared fría en la espalda y la mano derecha mojada con sangre. Tardé un rato más en darme cuenta que todavía sentía.
No recuerdo exactamente el momento de mi muerte mas estoy seguro que las imágenes vendrán si permanezco sentado durante cinco mil años o más.
Prometen la eternidad a los muertos y ahora que soy uno de ellos no anhelo lo perenne. En absoluto. Pero desde esta quietud que no exaspera busco los signos que distingan mi infinitud de todo aquello que se quebraba por estar destinado a terminarse. No sabría decir de qué material estoy hecho ahora que a la vida la veo como a un negativo velado. Pienso que ahora que el tiempo es infinito no hay unidad para medirlo. Y yo, que aún muerto sigo siendo humano, entiendo que si no puedo medirlo no existe. Y si no existe el tiempo ya no sé dónde existo yo. Habré dejado de existir.
lunes, 16 de marzo de 2009
martes, 6 de enero de 2009
Mi hoja tiene 25 renglones
- El primero está orgulloso.
- ()
- El 2do quedó vacante
- El 4to es una cama de tres patas donde descansa todo el odio del mundo.
- El 5to es un gato que transpiró los 36 grados de verano mientras miraba con hambre al 15to renglón .
- El 6to decidió transvertirse y prostituirse en Monserrat
- El 7mo es un cagón y no se atrevió a nada
- El 8vo es el infinito. Kabbalero viejo perdió todo en una timba de enero.
- El 9no es una señorita urbana que lee tranquilamente en la Plaza San Martín
- El 10mo es un exigente patológico que necesariamente apunta a la excelencia
- El 11ero es aún más exigente que el 10mo. Se pasó de rosca y ahora sufre ataques de pánico.
- El 12do sufre de paranoia y trastornos de personalidad. Cree que es el primero y que el segundo lo persigue para matarlo y ocupar su lugar.
- El 13ero por culpa de un grupo de amigos que sufrió una severa indigestión en una cena de despedida quedó condicionado al ostracismo. En el barrio le dicen "el yeta".
- El 14to es un señor de traje que se emborracha cada tarde en la Plaza Constitución.
- El 15to es una ratoncita bonita que perdió su cola por vanidosa.
- El 16to es una novia abandonada que se atragantó con el anillo de compromiso.
- El 17mo es un idealista incurable que lee sus escritos sobre el amor subido a un banquito, los domingos, en Parque Lezama.
- El 18vo ya es mayor de edad.
- El 19no no se hizo cargo de su mayoría de edad y sigue siendo el mismo irresponsable de siempre.
- El 20mo no sabe quién es.
- El 21ero cruzó el charco sin pedir permiso.
- El 22do se volvió loco de tristeza.
- El 23ero no sabe quién ser.
- El 24to sobornó a la imprenta para no ser el último.
- El 25to cree en esto de que los últimos serán los primeros.
sábado, 29 de noviembre de 2008
Tres
Es el trigésimo séptimo día de los 1058 que me esperan. Creo haber tomado la decisión correcta. Muchas veces tuve la certeza de que las situaciones chorrean casualidad. Pero esa tarde cuando me encontré con El y me habló de todo esto entendí que lo único que nos separa de ser hologramas intelectuales es el valor. La capacidad invaluable de la determinación. Por eso elegí tres años y no tres horas. Todo lo que hay en el mundo se va a detener me dijo. Todo. Hombres, animales, máquinas, plantas. Vas a quedar vos y el día y la noche. Va a llover. Va a salir el sol, y la luna. Tres años enteros. O tres horas. Vos elegís. El único testigo vas a ser vos. Nadie con quien hablar más que con vos mismo y tu sombra. Tres años, dije yo. ¿Estás seguro? Tres años es mucho tiempo. Si, respondí. Y tres horas es demasiado poco. No creas, dijo El. El tiempo es el peor de nuestros caprichos. Cae a la velocidad a la que lo dejamos caer. Va a estar todo quieto. Inmóvil. El tiempo va a ser tu única compañía. ¿Entendes? Tu única compañía. Todo el tiempo el tiempo respirándote en la nuca. No me importa. Quiero tres años. Está bien. Y ahora es el día 37. Tengo una libreta en el bolsillo donde anoto los días que pasan. Cada día un palote. Y los palotes agrupados en hexágonos perfectos que forman mandalas de tinta. Decidí desde el primer momento pensar en voz alta para no olvidarme de mi voz. Pero pasaron solamente treinta y siete días y empiezo a pensar que tal vez ni siquiera la voz nos pertenezca. Un ciego me dijo una vez que no había nada nuevo que decir. Que éramos citas más o menos exactas de lo que otros habían dicho. No lo sé.
Por estos días me dedico mayormente a mirar a la gente. Son estatuas ahora. Me asusta descubrir que algunas parecían estatuas antes también. Y que cuando despierten sin entender quién les robó los tres años que estuvieron quietos, van a seguir pareciendo estatuas. Debo admitir que he jugado bastante con los cuerpos. No crean que soy un monstruo. Cualquiera de ustedes en mi lugar hubiera hecho lo mismo. O cosas peores. Si. He peinado mujeres. Les cepillé el pelo hasta que quedó tan brillante como un metal. A un policía lo vestí de travesti y a un chico de la calle le probé la ropa de un militar. Después por supuesto puse a cada uno de vuelta como estaba. Estuve tentado de alborotar realmente todo. Cambiar a la gente de lugar. Ubicarlos en situaciones disparatadas y comprometidas. Encontré a un hombre. De unos cincuenta y largos. Con un arma en la mano, y una carta de hasta siempre a sus pies. A ese lo vestí de payaso y lo saqué a pasear un rato por las cornisas. Me costó arrastrarlo. Pero cuando logré ubicarlo a setenta metros del piso, con las manos a los costados del cuerpo, vi como el viento le movía los pocos pelos que le quedaban, y si no fuera porque tengo la absoluta certeza de que todo está quieto, podría asegurar que sonrió. Tal vez cuando todo vuelva a ser como antes para todos menos para mí, en el primer minuto, este tipo deje el arma y salga de su casa. A veces lo mejor es salir de la casa. Si. Me acuerdo ahora de un maestro que tuve. Decía siempre que nos distraíamos cuando pensábamos demasiado en nosotros mismos. En fin.
Me faltan. 1058 días. Tengo infinitas cosas que hacer. Y una duda que a veces me quita el sueño. No recuerdo cuándo fue el último año bisiesto.
lunes, 24 de noviembre de 2008
El suicidio de un oriental

(Historias en la palma de la mano. Yasunari Kawabata)
Cuando cierra Historias en la palma de la mano es 25 de mayo. Es la tarde. Son 27 años sentados en un silencio de papel. Las últimas palabras orientales le caminan entre los dedos de la mano como hormigas de vidrio verde. Las historias son esclavos minúsculos. Lingüísticos. Ya no trataran de escapar. Las tapas cerradas del libro están abiertas hacia adentro, hacia ese lugar espaciado donde las mujeres duermen en lágrimas y los hombres mueren quietos y de rodillas. El peso del libro sobre las piernas hace presión en la cabeza, y las imágenes se apelmazan en un molde intangible. De fondo, la cara del japonés le sonríe enferma. Se escucha su voz. Buscar tan dentro y tan fuera como sea posible esas xerografías que lo moldearon en carne y hueso. Fotos mentales de cualquier tiempo giran sin orden, arbitrarias, y él gira dentro de cada una. Algunas caen sobre la alfombra y el rueda con ellas hasta los pies del escritor. Se escabulle bajo las plantas de los pies descalzos y sube por el interior para cerrarle los ojos por dentro a este hombre muerto y devolverle la paz que le ha robado la vida.
jueves, 20 de noviembre de 2008
Fábrica y Exposición
Vacía.
La fábrica.
El tiempo
es un rulemán
oxidado.
En las paredes
gigantografías de hombres sin cara
llorando
sin ojos
el individualismo de una época.
Los malditos se fueron.
Dijeron lo justo.
No olvidemos.
Colgados de los flecos
de estas horas
se mezclan pieles
credos
y lunas.
El hombre nuevo
envejeció
en el útero
de la nostalgia,
dicen algunos.
Yo creo,
sin más remedio,
que tomó el tren equivocado
y está volviendo.
La fábrica.
El tiempo
es un rulemán
oxidado.
En las paredes
gigantografías de hombres sin cara
llorando
sin ojos
el individualismo de una época.
Los malditos se fueron.
Dijeron lo justo.
No olvidemos.
Colgados de los flecos
de estas horas
se mezclan pieles
credos
y lunas.
El hombre nuevo
envejeció
en el útero
de la nostalgia,
dicen algunos.
Yo creo,
sin más remedio,
que tomó el tren equivocado
y está volviendo.
sábado, 8 de noviembre de 2008
La Señal
Vamos. Esto es más difícil de lo que pensábamos. Me dijo que era hoy. Esperemos un rato más. Cuando el velador se apague esperamos cinco minutos y entramos. La vieja ya va a estar muerta. No, no sé. ¿Por qué le crees? Porque no falla nunca. Y si no falla por qué no vino él. Porque ya no necesita seguir choreando. Ahora disfruta de pasarle la posta a sus amigos. (Silencio) Nadie puede saber cuándo le toca morirse. Y menos a otro. ¿Qué sos? ¿Cura? No, pero nadie sabe. El sabe. Andá si querés. Yo me quedo. (Silencio. Olavaria al 5XX. Guardamos información por respeto a los protagonistas de la historia. La calle está vacía. Elveladorseapaga). Ahí está. Esa es la señal. Cinco minutos y adentro. Tengo miedo. ¿De qué? De la vieja de la muerte. Yo le tengo miedo a los vivos. Ya te dije. Andá si querés. Yo me quedo. (dosminutos) ¿Cómo es la movida? La puerta se abre fácil. La vieja nunca traba la puerta. Si tiene todo lo que L. (Guardamos información por respeto a los protagonistas de la historia) por qué no traba las puertas. Qué se yo. El miedo traba las puertas. Tal vez no tenga miedo. Una vez adentro subimos hasta la habitación. ¿De la vieja? Si. En el cuarto cajón. Al fondo. En una lata. El collar es para M. (Guardamos información por respeto a los protagonistas de la historia. Silencio) ¿Cuánto hace que choreas? (Silencio) Hace mucho que estaba tranquilo. Pero necesito la guita ahora. ¿Vos? (Silencio) Yo nunca chorree. Todos dicen lo mismo. (tresminutostreinta. Dos hombres vestidos de oscuro casi hundidos en la ligustrina). ¿Cuánto falta? Pará flaco. Tranquilo. Esto es fácil. Tá, pero quiero irme a la mierda. ¿Tenés las linternas? Si. ¿Las probaste? Si. (cuatrominutoscincuenta. Hay cinco escalones hasta la puerta de la casa. Apenas abran la puerta la escalera. Subir en silencio. Nadie quiere despertar a la muerte).
jueves, 23 de octubre de 2008
sucia
Eso es lo que dicen todos cuando me ven venir. ¿Pero saben qué? ¡Jódanse! Y sépanlo: no es ningún problema glandular, no es que no tengo donde bañarme, no es que no tengo para ropa nueva. No. Soy simplemnte una sucia irremediable. Me gusta provocar el rechazo. Me gusta que la gente en el subte se le suba a los talones al de al lado con tal de estar un poquito más lejos de mí. Me gusta dar pena a los que ni se les ocurre pensar que esto mío es un estado sumamente planificado. Me gusta que mis amigos se rían con la boca cerrada cuando llego a un grupo extraño donde provoco estupor con sólo quedarme quietecita. Me gusta ser la artífice de este secretito que tenemos entre nosotros. Necesito esta sensación. Ver las caras de la gente cuando me ven de lejos, con mi cara de princesa buena y ahí me acerco, con mi paso elegante y mi olor repugnante. Ver cómo se les derriten los pómulos en un gesto de asco, primero. Y cuando tratan de disimular lo indisimulable. El asco. El quécarajolepasaaestamina. Tratando de sacarle lustre a su tolerancia de p.v.c. Me gusta verlos sincerarse con ellos mismos. Darse media vuelta e irse en busca de algún bálsamo olfativo. Lo disfruto realmente.
Así que si me ven, sentada sola, en alguna fiesta, no sientan lástima por mí. Sólo tápense la nariz.
Así que si me ven, sentada sola, en alguna fiesta, no sientan lástima por mí. Sólo tápense la nariz.
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