domingo, 5 de septiembre de 2010

Idea para teatro breve. Posible título: Ella y el descamisado

Personajes:
Descriptor de escena
Ella
Público 1
Público 2

Acto 1

Descriptor de escena: En la mitad del escenario hay un hinodoro y una mujer sentada en él. La mujer está desnuda pero un diario muy grande que sostiene con ambas manos delante de sí protege al público de su desnudez. En un gesto rápido o abrupto la mujer se incorpora y grita con la máxima potencia de su voz:

Ella: LA CUENTA POR FAVORRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR

DE: La mujer es hermosa de una manera un poco anticuada. En su teta derecha tiene un tatuaje de Evita y bordeando su pezón izquierdo un hexagrama minúsculo del I Ching que se reitera infinitamente, como se reiteran los pezones, que son circulares. De su cuello cuelga una lupa de metal plateado. Con la mirada congelada en el frente Ella repite como para sí misma con voz casi inaudible:

Ella: La cuenta por favor
DE: Público 1 le arrima un papel higiénico que está lleno de cálculos de todo tipo. La cuenta. Público 1 se queda parado al lado de Ella con la mano extendida. Ella gira la cabeza y lo mira durante cinco segundos con los ojos a media asta, luego toma el papel. Público 1 vuelve a su asiento. Ella toma uno de los extermos del rollo y deja caer todo el resto, que rueda en orden por el pasillo hasta el final de la sala.

Acto 2

DE: Ella está parada en la mitad del escenario. Atrás el hinodoro y el diario tirado al lado. En su mano la punta del rollo. Lo deja caer. El clima general de todos sus movimientos es de una desorientación segura y pautada. Dicho esto transcurren cinco segundos en silencio y entonces Ella toma la lupa que cuelga de su cuello y mira el hexagrama minúsculo que bordea su pezón izquierdo. Con este gesto empieza su monólogo
Ella: (Monólogo a desarrollar)
Acto 3
DE: Acto 3. Nexo dramático entre el 2 y el 4. El tres... (Monólogo de DE a desarrollar. Empieza con un reflexión un poco desvariada sobre el significado del 3 en la numerología.)
DE: Mientras el tiempo se me va en palabras inútiles Ella camina siguiendo el papel hasta la última fila. El público, con el torso quieto, la sigue con cabezas que giran hasta el límite del dolor.
Acto 4
DE: Ella está parada ahora a la altura de la última fila de la sala. Un cálculo del papel le llama la atención. Se dobla en dos y pega la nariz casi contra el piso. Toma su lupa y mira con detenimiento. Tiembla un poco. No hay en su acción ningún signo de registro de alguna de las personas que la rodean. El público 2, sacándola de su cavilar numérico, la sorprende:
P2: ¿Tenés frío?
DE: Cuando Ella conteste y diga "muriendo" lo hará estirando la N
Ella: Me estoy muriennnndo de frío. No me había dado cuenta hasta que me preguntaste.
DE: P2 se saca su camisa y se la da. Ella la toma sin dudarlo y se la pone. Intrigada toma nuevamente la lupa y mira las tetillas de P2. Con el índice derecho las circunda, como buscando algo. Luego lo mira agradecida y se va. P2 la sigue con la mirada hasta que desaparece trás la puerta de la sala y así se queda por 10 segundos. La sala queda en silencio, espectante. P2 se para de su butaca, todavía con la mirada en la puerta. El público niega con la cabeza, y sólo con la cabeza. El torso quieto. P2 gira de un golpe la cabeza hacia donde la acción había comenzado, como si hubiera recordado algo. Busca con la mirada y camina hasta el escenario. Recoge del piso el comienzo o el final del royo, dependiendo de dónde se lo mire, y junta todo el papel desandando su camino. Luego, sale tras ella.
Cae el telón

domingo, 22 de agosto de 2010

Alerta meteorológica

Decidí que lo mejor sería ir caminando hasta casa. Al final no eran más de cincuenta cuadras. Hacía una semana que el pronóstico avisaba lluvia. Para hoy: alerta meteorológica punto 7. Me divirtió pensar que los meteorólogos hubieran ideado una escala para las alertas y se me ocurrió que sería bastante útil trasladar esta escala a las alertas que se prendían todos los días en mi conmutador mental. Esta, la de hoy, era sin dudas una alerta punto 3. Tampoco es cuestión de exagerar. El único problema grave que tenía es que desde hacía varios días una tristeza medio molesta se me había metido por alguna grieta que no tenía vista, y la muy miedosa no quería salir. Por eso pensé que si tal vez caminaba abajo de la lluvia mi tristeza se sentiría contenida por la masa, y finalmente saldría. O tal vez que yo, tan preocupada por todo el agua que caía sobre mí no sentiría culpa en agregar algunas gotas más al montón. Ahí pensé cuánta gente llorando se necesitaría para igualar una tormenta punto 7 en la escala de los meteorólogos.

jueves, 19 de agosto de 2010

Basura mental

I

En el andén hay al menos 100 personas esperando que el tren llegue a la estación. Mientras pienso esto pienso también cuántos relatos empiezan con "En el andén" y a la vez pienso qué estará pensando el chico alto que está parado al lado mío con un traje bastante arrugado y un gorrito de lana en la cabeza. Se ve que el chico piensa lo mismo porque me mira de la misma manera en que yo lo miro a él. Mientras pienso esto, lo de la cantidad de gente en el andén, lo de los relatos, lo del chico pienso también que llego tarde a la reunión y que todo sería más fácil si tuviera un caramelo ácido en algún lugar de mi mochila. Recuerdo que tengo, en algún lugar de mi mochila, un caramelo ácido. Llega el tren. El chico alto de traje arrugado y gorrito de lana me deja pasar y yo siento que soy la mujer más afortunada del mundo y me río. El se ríe y yo me vuelvo a reír pero ahora más de verdad porque soy la mujer más afortunada del mundo por partida doble: me dejan pasar primero al tren, lo que me salva de perder mis piernas en un accidente trágico, y logro que mi salvador sonría. Me vuelvo a reír pero esta vez de otra manera porque no puedo creer que sea tan estúpida y que me enamore de todo con la misma facilidad con la que me desenamoro.

II

El tren arranca y el chico alto de traje arrugado y gorrito de lana es mi guardaespaldas. Se me ocurre pensar que con lo que sea que sentimos está hecho de engranajes de monedas de dos caras o más que nos permiten la simultaneidad increíble pero real de sentimientos antagónicos. Pienso en mi mejor amiga y en su mamá que está volviendo hecha cenizas en un avión desde París y también en un argumento convincente para evitar que me cobren una multa por viajar en tren sin boleto. Me importa tres carajos la multa pero me emociona la posibilidad inmediata de pelearme con alguien. Pienso que voy a decirle al gorila que me pide el boleto que si quiere que me lleve presa pero que yo la multa no se la pago, que esperé veinte minutos para sacar el boleto, que dejé pasar dos trenes y que si TBA no quiere contratar más personal no es culpa mía ni suya, pero menos mía. Me voy a quedar parada enfrente del guarda, diciéndole que no tengo problema en pagar el boleto de Villa Urquiza a Carranza, que es lo que hubiera hecho, pero que de ninguna manera pago la multa y que como le decía que me lleve presa si le parece pero que antes me deje llamar a mi vieja para que esté al tanto de la situación por si me pasa algo en el camino. Llego a mi estación, no hay nadie controlando. Me quedo con las ganas de exigirle justicia o piedad al hijo de puta que hizo que la mamá de mi mejor amiga esté volviendo hecha cenizas en un avión desde París.

III

Mientras camino hasta el subte pienso que estoy un poco cansada de pensar y también que no sé en qué momento perdí de vista al chico alto con el traje bastante arrugado y un gorrito de lana en la cabeza.

miércoles, 11 de agosto de 2010

El alud

I
Cuando me desperté un silencio dislocado cruzaba la habitación. Me había dormido pensando en las probabilidades y posibilidades de que al despertar el frío del invierno se hubiera ido y también en lo raro que resulta que las bienaventuranzas del ánimo dependan del estado térmico de la piel.
II
La luz natural a medio encender se había desparramado por todo el cuarto y sentí que yo, en ese momento, era la sombra gastada de alguna otra persona que ya no conocía.
III
Salí de la cama y mientras preparaba el primer mate del día me acordé del tiempo que me había llevado juntar los volúmenes de la trilogía. Volví al living y miré los libros apilados, en orden, el último abajo, en la base, como corresponde a la historia, que es el final el que sustenta las causas y los efectos. No es el origen. No es la primera gota que desata el alud. Es el alud. El último libro sobre la mesa y el primero sellando la columna gramática en un gesto de falsa justicia, imponiendo que si la historia comienza por el comienzo no tiene más que terminar por el final.
IV
El ruido de la pava me llevó de vuelta a la cocina. La vacié del agua inútil, volví a llenarla y la puse sobre el fuego.

lunes, 9 de agosto de 2010

La escalera en la montaña

Hoy mientras subía las escaleras hasta mi departamento me di cuenta que es realmente más fácil subir montañas que subir escaleras. Las montañas al no tener escalones te permiten elegir el pulso, la distancia entre un paso y otro. Las escaleras en cambio tienden al autoritarismo. Te dicen suba el pie 25 centímetros luego el otro unos 50 centímetros y luego nuevamente el primero y así. La cosa simétrica. Las montañas no. Las montañas tienen superficies heterogéneas. Tienen pasto y a veces también ese polvo que si las subís en alpargatas te podés resbalar y hacerte unas frutillas en las rodillas o incluso desnucarte. Las escaleras también pueden provocar la muerte pero todo más medido. Una muerte medida es un espanto. Yo pensaba mientras pisaba el escalón número 13 que mejor volvía y subía de nuevo por la rampa para lisiados porque un poco lisiados somos todos que aunque no se vean a primera vista nuestras limitaciones tenemos todos y que a lo mejor si subía por la rampa en lugar de las escaleras las limitaciones mías se me volvían más limitadas. Cuando terminé de pensar esto ya estaba metiendo la llave en la cerradura de la puerta y un segundo después adentro de mi montaña donde no había escaleras.

domingo, 18 de julio de 2010

La vida subacuática

El día que decidimos saltar fuimos hasta el puente. Era un día de mucho calor. Las gaviotas sobrevolaban el mar y caían cada tanto en picada como aviones japoneses. Después de unos segundos reaparecían, con el cuello erguido en el vuelo, lleno de carne de pescado que se movía todavía. Los autos pasaban llenos de familias amontonadas, con los techos cargados de tablas y pelotas y mantas y sillas y baldes y palitas y radios y canastas con comida y el sosiego pasajero de las vacaciones.
Nosotros, de espaldas a la ruta, solamente podíamos respirar por última vez el aire húmedo y salado que se nos pegaba en la cara.
Yo no sé en qué pensaba Ana, porque todavía no habíamos aprendido a entendernos a no ser por lo que hablábamos o hacíamos, y aún así muchas veces era imposible estar seguros de que lo que uno armaba en su cabeza podrida era lo mismo que el otro había dejado salir de su cabeza saturada de crucigramas mentales e inconclusos.
Cuando el sol empezó girar contra la tierra supimos que era el momento. En un gesto compartido nos pusimos de espaldas, con las cabezas apoyadas en los hombros del otro, como desnucados vivos. Pasé mis dos brazos por debajo de los de Ana y ella me apretó con la misma fuerza inusitada que desde el primer día me había llamado la atención viniendo de una mujer que parecía más un hada corrompida por las circunstancias que cualquier otra cosa. Saltamos, y como una estaca que se clava en la tierra rompiendo maleficios antiguos tocamos el agua.

La vida ahí abajo no fue lo que esperábamos. Con esto no quiero decir que fuera mejor o peor. Sólo digo que fue distinto. Lo primero que nos maravilló fue que seguíamos vivos. Lo segundo, que podíamos hablar y respirar como lo hacíamos cuando vivíamos en la tierra. Pero más allá del prodigio las palabras no habían perdido su solidez estúpida, así que decidimos permanecer en silencio hasta estar seguros de que los sonidos no serían más que bisagras oxidadas murmurando en alguna lengua inexistente. El aire no importó. Los pulmones se nos llenaron de agua con la primera inspiración y todo siguió latiendo como si los cuerpos también fueran de alguna sustancia líquida.
Cuando los ojos se nos acostumbraron a la luz turbia de la vida subacuática vimos al tiempo que también era el mismo, pero de una lentitud que en la tierra sólo podría significar que uno andaba muerto, o tal vez dormido. Ana me agarró una mano y me guió. Era una buena nadadora, Ana.
La primera noche dormimos entre los dientes de un pez que era de trapo y se movía con un pulso inerme. Yo soñé que era un cuerpo libre de culpas atravesando la pared móvil del agua, llevando y trayendo algunos pensamientos que compartía con Ana sin decirlos en voz alta, sin movernos más que lo que la corriente nos imponía, sin llorar. Ana soñó que respiraba por los ojos y se inflaba de paz. Después subía hasta la superficie y se alejaba de mí por última vez.

sábado, 10 de julio de 2010

Esteban era un hombre que guardaba los fósforos usados en el cajón de los cubiertos, y como prescindía de comer alimentos tradicionales, cuando sentía en el cuerpo algo parecido al hambre, usaba los fósforos para clavarlos en los ojos de pescado que hervía en agua de azar cada noche y que serían, consistentemente, su única ingesta del día.

La casa donde vivía Esteban tenía dos puertas de entrada y cinco ventanas que daban a un mar de espejos. Alrededor del mar había un estanque donde nadaba una carpa naranja y alrededor del estanque cientos de orquídeas que Esteban alimentaba con el musgo que crecía sobre los cachalotes que flotaban en el agua.

Esteban dormía de día y se dedicaba en la noche a distintas tareas que apiladas con un orden extraño que sólo él entendía formaban una vida iluminada por luces artificiales y blancas.

Una de las actividades preferidas de Esteban consistía en sentarse al lado del estanque, cuando el mar no estaba demasiado embravecido, a charlar con la carpa, que aún cuando tenía casi su misma edad, sabía cosas que él no.

Una de las noches la carpa le contó a Esteban lo que sabía de lo perecedero. De lo que significa que el tiempo se vuelva líquido como un vidrio que se ensancha en su base sin que nadie lo note. Esa noche que Esteban escuchó a la carpa hablar del tiempo y entonces de la muerte decidió que si algún día le tocaba morir exigiría que su primera y última voluntad fuera cumplida.

Otra de sus actividades preferidas se iba en pintar las paredes de un galpón trasero con frases de fundamentalistas orientales y occidentales. Fórmulas piramidales y absolutos inútiles que para la gente común eran el ABC de la monotonía que los sostenía y que para Esteban eran un juego sin sentido pero formalmente correcto y por tal hermoso.