sábado, 10 de julio de 2010

Esteban era un hombre que guardaba los fósforos usados en el cajón de los cubiertos, y como prescindía de comer alimentos tradicionales, cuando sentía en el cuerpo algo parecido al hambre, usaba los fósforos para clavarlos en los ojos de pescado que hervía en agua de azar cada noche y que serían, consistentemente, su única ingesta del día.

La casa donde vivía Esteban tenía dos puertas de entrada y cinco ventanas que daban a un mar de espejos. Alrededor del mar había un estanque donde nadaba una carpa naranja y alrededor del estanque cientos de orquídeas que Esteban alimentaba con el musgo que crecía sobre los cachalotes que flotaban en el agua.

Esteban dormía de día y se dedicaba en la noche a distintas tareas que apiladas con un orden extraño que sólo él entendía formaban una vida iluminada por luces artificiales y blancas.

Una de las actividades preferidas de Esteban consistía en sentarse al lado del estanque, cuando el mar no estaba demasiado embravecido, a charlar con la carpa, que aún cuando tenía casi su misma edad, sabía cosas que él no.

Una de las noches la carpa le contó a Esteban lo que sabía de lo perecedero. De lo que significa que el tiempo se vuelva líquido como un vidrio que se ensancha en su base sin que nadie lo note. Esa noche que Esteban escuchó a la carpa hablar del tiempo y entonces de la muerte decidió que si algún día le tocaba morir exigiría que su primera y última voluntad fuera cumplida.

Otra de sus actividades preferidas se iba en pintar las paredes de un galpón trasero con frases de fundamentalistas orientales y occidentales. Fórmulas piramidales y absolutos inútiles que para la gente común eran el ABC de la monotonía que los sostenía y que para Esteban eran un juego sin sentido pero formalmente correcto y por tal hermoso.

jueves, 10 de junio de 2010

El, ella y las hormigas

http://www.youtube.com/watch?v=9B-h1EEsKDA

El llega del trabajo a las 20 30. Ordenó su casa antes de salir. Pasó por el supermercado, por otro que no es donde ella trabaja.

Ella salió del trabajo a las 22 y caminó las cinco cuadras hasta la casa de él. Se pintó apenas los labios y se cepilló el pelo tratando de sacar los restos del día de cajera de supermercado.

El preparó una picada modesta pero rica. Un bree entero sobre una tabla chica, con un cuchillo para quesos apoyado en el borde. Unos panes de hierbas de la panadería de siempre. Un lever, aceitunas negras con carozo, tronquitos de apio con aceite de oliva y queso crema con cebolla seca, pimienta y otra vez aceite de oliva. Dejó todo sobre la mesa y con el filo del ojo vio el tarro de veneno en una esquina de la cocina. Se acordó de las hormigas. Sin rastros. La eficacia de la muerte. Se acercó hasta el tarro y lo guardó atrás de la puerta. Timbre.

Recordó el frío de la calle y se puso el pulóver gris topo para bajar a abrirle.

Ella está parada en la vereda, de espaldas a la puerta de vidrio de la entrada. Tiene un sobretodo bordó, pantalones seguramente ajustados y unas botas con un poco de taco. De espaldas le ve la cara y sonríe.

(Ruido de la puerta al abrirse)

El – Hola

Ella – Hola

(Beso en la mejilla. Primer beso)

El - ¿Cómo estás?

Ella – Bien, un poco cansada, pero bien. ¿Vos?

El – Nada cansado así que bien. Estás linda sin tu uniforme.

(Ella sonríe con la boca cerrada)

Ella - ¿El uniforme no me queda bien?

El – Ustedes las mujeres siempre la misma historia

Ella - ¿Cuál?

(El sonríe)

Ella - ¿Me preguntás de nuevo como estoy?

(El la mira inclinando la cabeza con curiosidad)

El- ¿Cómo estás?

Ella – Muy bien, pero con bastante frío. ¿Entramos?

(El sonríe con la boca abierta)

El – Sí claro.

(El entra primero pero le sostiene la puerta desde adentro y la cierra. Caminan hasta el ascensor. El abre la puerta. Ella la cierra. Entran al departamento. Charlan del sofá rosa que él tiene en el living. Ella se ríe un poco mientras hablan. El también. Van a la cocina y se sientan a la mesa. Todo es fácil. Ella le cuenta que vive en Caballito desde que tiene 20 años. El casi no la escucha pero le gusta. El le cuenta que vive en Palermo hace tres años, cuando se separó de otra mujer y que Cortázar es casi su escritor favorito. Hablan. Y se ríen. Y hablan mientras se ríen. El pone un disco de José González. Ella no lo conoce, pero le gusta. Ella le cuenta que cuando eran chicos iban a una quinta donde había hormigueros gigantes. Tan grandes que podías hundir una pierna hasta la mitad de la pantorrilla, pero que tenías que sacar muy rápido el pie porque si no las hormigas se te subían y te picaban. El – ¿Y vos que harías si te rompieran tu casa con un pie? Ella – Exactamente lo mismo. Por suerte no soy una hormiga. El se acuerda del frasco de veneno, del polvo blanco. De los montones de hormigas muertas que juntó durante la semana. De las patitas enroscadas y las antenas quietas. Ella - ¡Una hormiga! Me vienen a buscar. La hormiga camina desorientada sobre la mesa, en círculos o algo así. Se ríen. El la mata con el índice izquierdo y la tira en la pileta. Abre la canilla. El tiempo pasa como siempre).

Ella – Bueno, creo que es bastante tarde. Y tengo miedo de que vengan más hormigas.

El – No te preocupes. Esa era la última. Estuve batallando toda la semana.

Ella – Nunca es suficiente con las hormigas. Y evidentemente no las conocés si pensás que esa era la última.

El – Puede que tengas razón. Igual es verdad. Es tarde.

(Se levantan. Caminan hasta el living. El agarra su sobretodo y se lo da. Ella se lo pone. El la mira. Ella lo mira. )

Ella – ¿Bueno vamos?

El – Dale

(Ella no se mueve un centímetro. El tampoco. Se miran. Pasan cuatro segundos. José González sigue cantando. Con el filo del ojo ve algo que se mueve. Demasiado rápido. Demasiado chiquito. El desvía la mirada. Una hormiga. El piensa que es verdad. Que evidentemente no sabe nada de hormigas. Que la que vio era el primer soldado de la segunda batalla. Y es un soldado con mandíbulas fuertes. De un solo mordisco rompió la soga de las miradas. Ella baja la cabeza. Ya no se ríe.)

Ella – Bueno dale abrime.

El – Si vamos

(El se acerca y con las dos manos le arregla las solapas del sobretodo. Cuando termina sigue agarrado de las solapas)

Ella – Va ser difícil

El - ¿Qué?

Ella – Irme si vos te quedás con mis solapas.

El – ¿No te gustan las cosas difíciles?

Ella – En general no. Pero ésta me divierte.

(Ella con las dos manos lo agarra del pulóver. Sin hacer fuerza. A la altura de la cintura)

Ella – Si vos te quedás con mis solapas yo me quedo con tu pulóver.

El – Quedátelo. Yo no pienso soltar mis solapas. Si lográs sacármelo te lo quedás.

Ella – Para ser alguien que dice haber leído tanto Cortázar sos bastante arriesgado.

El – Se nota que te falta. Mi pulóver es gris topo.

Ella – Es azul

El – Es gris topo.

Ella – Es azul.

El- Es gris topo

(Los dos sonríen con la boca cerrada)

Ella – Aún así sos arriesgado.

(Ella levanta el pulóver. Sin esfuerzo aparece la cabeza de él. Despeinada. Los brazos de él quedan cubiertos con la lana del pulóver azul topo. Ella se ríe. Todavía con la boca cerrada, pero con los pómulos altos y los ojos achinados)

El – Te apuesto algo a que aún así te puedo sacar una bota

Ella – No hay chance

El – Apostemos

Ella – ¿Qué apostamos?

El – Una palabra

Ella - ¿Cuál?

El – Esta

(El se acerca más y le dice una palabra casi en el oído. Se separa un poco. Ella lo mira. Le sonríe, y le da un beso. En la pared de la puerta de salida que sigue cerrada dos hormigas caminan hacia la cocina).

martes, 8 de junio de 2010

Circo de hormigas


María Luz se había vuelto un ser especial para sus pares el día en que llevó al colegio, como proyecto para Ciencias Naturales, un circo de hormigas. El circo de hormigas era en principio menos precario de lo que todos esperaban de ella: una pecera bastante grande, cúbica como sus pies. A lo largo de toda la pecera se extendía un alambre que por supuesto era la zona de las hormigas equilibristas. Precavida como fue siempre, justo debajo del alambre, María Luz había colgado una media de red, que para ojos poco entrenados en cuestiones circenses parecía más una hamaca paraguaya que cualquier otra cosa, pero que claro, era en realidad la red de seguridad de las hormigas equilibristas. En el piso de la pecera, o mejor dicho, suspendido a 3 centímetros del piso, había un frasquito de vidrio transparente. Esta era la rueda del peligro y el fuego. Es sabido por los que saben, que las hormigas no montan ni motos ni bicicletas, así que para terminar de darle forma al número, María Luz colocaba debajo de la rueda del peligro unos algodoncitos empapados en alcohol, que al encenderse hacían que las hormigas caminaran a toda velocidad y en todas las direcciones que el frasquito les permitía.
Estaban también las hormigas payaso. Estas eran claramente diferenciables porque María Luz les había pintado los lomos con plasticola de color, y a las hormigas mujeres les había puesto también brillantina en la cabeza. Pero, sin dudas, el número más llamativo era el de la hormiga domador. Este número no funcionaba permanentemente ya que era difícil conseguir algún otro insecto carnívoro que hiciera las veces de león. No tanto por la dificultad de encontrar a este tipo de insectos, si no porque, a diferencia de los hombres, los insectos viven estrictamente lo que necesitan, y ningún insecto necesita ser observado mientras se come una pobre hormiga.

lunes, 22 de febrero de 2010

Más hormigas

Por eso te digo lo que te digo. Hace rato que las sombras se perpetuaron en las paredes. Las vimos aparecer. ¿Te acordás? ¿Te acordás que las vimos? Pero yo no pensé que fueran a quedarse, ahí, moviéndose como si siempre hubiera viento entrando por las ventanas que están cerradas. Hay una sombra que está cansada de reírse. ¿La ves? Es probable que se muera muy pronto de tanto reír. Traté de arrancarla de la pared para evitarle la muerte. Pero las sombras como la risa caen por su propio peso cuando terminan. Yo quisiera saber si estás escuchando lo que te digo. ¿Estás escuchando? ¿Me escuchás? Porque te veo de espaldas. Hay una sombra trepándote por el tobillo izquierdo. Lo hace con cuidado para que no la sientas. Eso es lo que hacen las sombras ¿Sabés? Y aunque estés de espaldas sé que tenés los ojos cerrados. Pero tal vez no te diste cuenta porque siempre estás viendo cosas. Aún cuando dormís estás viendo cosas que después me contás. Y yo te lo cuento ahora porque te olvidás de todo. Lo que yo te digo te lo digo porque no te diste cuenta solo ¿sabés? Yo estuve bastante tiempo buscando la forma de estar tranquila en esta hamaca. Me senté acá porque estaba un poco cansada de todo lo que caminamos Me gustaría que te dieras cuenta de que estuve cansada y que necesité llegar a la hamaca para mirar a las hormigas desde tan alto que son invisibles. Como vos y como yo. Nos volvimos invisibles. ¿Viste eso? ¿Viste que somos invisibles? Como las hormigas vistas desde acá. Pero ellas siguen caminando. Seguro. ¿Sabías que las hormigas se mueren en lugar de quedarse dormidas? Caminan hasta morirse. Yo en cambio quería llegar a esta hamaca que por suerte colgamos de esta grúa de puerto. Y desde acá te miro, de espaldas. Estoy segura de que no escuchás. ¿Dormís? Ey, shhh, no, tranquilo. Quería preguntarte solamente si me estás escuchando. Pero está bien. Dormí. Yo voy a estar acá. Si el viento sopla fuerte y logra abrir las ventanas tal vez empuje a la grúa y caiga. Pero no. Tranquilo, no te preocupes. Dormí. Yo sé caer.

martes, 16 de febrero de 2010

La voluntad de las hormigas

Yo podía pasar horas mirando la línea móvil y negra. Muchas veces la gente, cuando uno mira a las hormigas por un largo rato, piensa que se puede estar ahí, quieto como un muerto, perdiendo el tiempo, o la cabeza. Pero yo esperaba.
Lo que quería era ver cómo la línea se desarmabaynó. No se desarmaba nunca. Simplemente se hundía en la tierra o en esos agujeros mínimos que nadie más que las hormigas ve o encuentra. Y eso era todo.
Una línea
y un agujero
en algún lado
como el infinito.
Creo que por eso, mirarlas, fue siempre de mis formas preferidas de dejar que el tiempo me raspara la cara y el cuerpo.
Empleaba bastante tiempo pensando en esto de que las hormigas son de los pocos seres que naturalmente pueden cargar un peso que las duplica. Yo quería ser una hormiga también.
A veces, las veía irse, y soñaba despierta que arriba de cada maldita hormiga iba alguna palabra mía. A veces pensaba que eran ladrones y otras cuando llovía me inquietaba pensar dónde estaban. Pensaba esto porque hablaba poco y tenía muchísimo miedo de quedarme sin palabras para decir. Tenía terror de que todas mis palabras fueran para pensar pero ninguna para decir.
Yo necesitaba verlas porque crecí en un jardín donde siempre había hormigas y siempre hacían lo mismo: caminar en filas y construir.
Cuando era chica mis hermanos hacían lo de cazar una hormiga negra y llevarla hasta un hormiguero de hormigas rojas y la tiraban ahí. La mayoría de las veces la hormiga negra lograba escapar. Pero otras veces no. Yo quería ser como la hormiga negra, pero escapándome todas la veces. LLegando al agujero.
Y supongo que todos tuvimos los agujeros mínimos en las paredes. Esos lugares donde los ojos casi se pegan a la cal pintada y se cierran rozando con las pestañas los grumos de la pared y hacen un ruidito que no se escucha pero se siente.
Yo busco siempre esos ruidos.
Los que no se escuchan pero se sienten.

Hoy las hormigas están ahí.
Yo las veo.
Y hay tantas que puedo pisarlas y sigue habiendo más y más y más y algunas más. Ellas caminan y estoy segura de que suenan como debe sonar la sangre, yendo y viniendo, inaudible, tocando la piel por el lado de adentro, revolviéndonos. Tal vez la sangre esté hecha de hormigas.

sábado, 30 de enero de 2010

Sombras chinas

Nosotros cuando fuimos chicos éramos especiales. Ella tenía bocas, bocas chiquitas, en algunas partes del cuerpo y a veces, sus bocas cantaban al mismo tiempo canciones de cuna pero sin letra. Ella sabía que allá donde se duerme es mejor que las palabras no entren porque algunas palabras hacen bien para dormir pero la mayoría son bastante corrosivas. Entonces ella y sus bocas chiquitas cantaban, pero sin letra. Cantaban con la la la o con aaaaa aa a, o así. Más o menos así. También algunas veces ella podía sonreír sin mover ninguna parte de la cara. Pero era evidente que sonreía porque los que la miraban no podían evitar ser más felices. Eso pasa cuando uno ve a alguien sonreír. Yo por otra parte era especial de otra manera. Yo cuando era chico podía sacar fotos espaciales. Fotos de las estrellas que estaban desapareciendo por ejemplo. Les sacaba una foto y se las daba a mi abuelo. Mi abuelo tenía dos cosas: una que era especial como yo y por eso podía ver las estrellas de las fotos y la otra es que era triste desde que mi abuela se había muerto. Entonces yo sacaba muchas fotos. Todas las que podía. Y se las llevaba. Si la hubiera conocido a ella por esos años se la hubiera llevado también, para que ella le sonriera y él fuera más feliz. Pero no. Nos conocimos mucho después de haber dejado de ser chicos. Me acuerdo cómo y cuándo pero no importa. Ni a nosotros ni a ustedes, porque ni ese lugar ni ese momento existen hoy.
Nosotros, cuando estamos juntos, a veces, nos hacemos revivir en las sombras sobre la pared. Ella tirada en la cama vale más que cualquier cosa en el mundo y a mí me hace reír de una manera en que no se ríen los hombres. Aprendimos a hacer sombras chinas haciéndolas, como se aprende la mayoría de las cosas importantes siempre. Yo le gano haciéndola a ella, porque aprendí a hacerla como cuando era chica, con las boquitas, y también como es ahora. Con el índice de la mano izquierda puedo hacer casi todas las partes de su cara menos la boca, la única que le quedó, que la hago con el índice derecho y con los pulgares le hago decir todo lo que nunca me dice y que quiero escuchar. Yo a ella le salgo bastante bien. Siempre me hace un poco más petiso de lo que soy y mis ojos no son exactamente de ese color, pero casi. Ella nunca me hace hablar, aunque podría, porque siempre le sobran dedos cuando me hace. Pero no. Ella me hace escuchándola decir todas las cosas que nunca me dice y que quiero escuchar.

viernes, 29 de enero de 2010

Hora de irnos

Nosotros sabemos cuándo es mejor quedarse, o cuándo es mejor irse. Lo que hacemos siempre es quedarnos un poco quietos entre la gente, sea en un salón o en la cancha o en la plaza o en el cine o en la calle o en cualquier lugar. Nos quedamos un poco quietos, un poco alrededor de las cabezas de la gente. Y esperamos. Sentimos muchas cosas. Cosas que son muy distintas. Sentimos cómo nos quieren lejos o cómo la gente se olvida de nosotros. Nosotros, el problema que tenemos, es que nunca terminamos de saber qué somos. Porque los deseos se parecen mucho a los caprichos, a veces. Nosotros siempre estuvimos convencidos de que éramos deseos. Y así íbamos. Sabíamos qué hacer. Pero una vez, un tipo nos dijo que no. Que en realidad éramos caprichos. Y nosotros ahora no sabemos qué creer, porque en realidad nunca tuvimos que creer en nada. Siempre fue al revés. La gente es la que cree en nosotros. Nos crea y nos cree. Pero ahora todo está un poco más confuso. Igual, seguimos sabiendo cuándo es hora de irnos. Es fácil darse cuenta cuando alguien ya no nos cree, es decir, ya no cree en nosotros. Es fácil porque solamente pueden pasar dos cosas que se notan muchísimo. La cosa uno es que la gente deje de creer en todos los deseos, y entonces ahí se vuelve metódica hasta para sacarse los mocos de la nariz y nunca más pifia. En nada. Porque no elige nada y andá a equivocarte si nunca elegís nada. La cosa dos que pasa es que la gente abandona un deseo o un capricho por otro deseo o por otro capricho. Eso pasa todo el tiempo. La cosa uno casi no pasa porque la gente siempre anda deseando cosas. Hasta morirse desea, o se encapricha, da lo mismo. Entonces eso es lo bueno. Que sabemos irnos a calentar otras cabezas. Como somos deseos o caprichos nunca nos encaprichamos con nada. Somos bien libres en ese sentido. Nos vamos sin sufrir y desconocemos el abandono. Cuando dejan de querernos lo que pasa solamente es que somos más libres. Eso es bien distinto a lo que siente la gente cuando dejan de quererla, porque claro, la gente desea o se encapricha y además, no sabe cuándo irse.