martes, 8 de junio de 2010

Circo de hormigas


María Luz se había vuelto un ser especial para sus pares el día en que llevó al colegio, como proyecto para Ciencias Naturales, un circo de hormigas. El circo de hormigas era en principio menos precario de lo que todos esperaban de ella: una pecera bastante grande, cúbica como sus pies. A lo largo de toda la pecera se extendía un alambre que por supuesto era la zona de las hormigas equilibristas. Precavida como fue siempre, justo debajo del alambre, María Luz había colgado una media de red, que para ojos poco entrenados en cuestiones circenses parecía más una hamaca paraguaya que cualquier otra cosa, pero que claro, era en realidad la red de seguridad de las hormigas equilibristas. En el piso de la pecera, o mejor dicho, suspendido a 3 centímetros del piso, había un frasquito de vidrio transparente. Esta era la rueda del peligro y el fuego. Es sabido por los que saben, que las hormigas no montan ni motos ni bicicletas, así que para terminar de darle forma al número, María Luz colocaba debajo de la rueda del peligro unos algodoncitos empapados en alcohol, que al encenderse hacían que las hormigas caminaran a toda velocidad y en todas las direcciones que el frasquito les permitía.
Estaban también las hormigas payaso. Estas eran claramente diferenciables porque María Luz les había pintado los lomos con plasticola de color, y a las hormigas mujeres les había puesto también brillantina en la cabeza. Pero, sin dudas, el número más llamativo era el de la hormiga domador. Este número no funcionaba permanentemente ya que era difícil conseguir algún otro insecto carnívoro que hiciera las veces de león. No tanto por la dificultad de encontrar a este tipo de insectos, si no porque, a diferencia de los hombres, los insectos viven estrictamente lo que necesitan, y ningún insecto necesita ser observado mientras se come una pobre hormiga.

lunes, 22 de febrero de 2010

Más hormigas

Por eso te digo lo que te digo. Hace rato que las sombras se perpetuaron en las paredes. Las vimos aparecer. ¿Te acordás? ¿Te acordás que las vimos? Pero yo no pensé que fueran a quedarse, ahí, moviéndose como si siempre hubiera viento entrando por las ventanas que están cerradas. Hay una sombra que está cansada de reírse. ¿La ves? Es probable que se muera muy pronto de tanto reír. Traté de arrancarla de la pared para evitarle la muerte. Pero las sombras como la risa caen por su propio peso cuando terminan. Yo quisiera saber si estás escuchando lo que te digo. ¿Estás escuchando? ¿Me escuchás? Porque te veo de espaldas. Hay una sombra trepándote por el tobillo izquierdo. Lo hace con cuidado para que no la sientas. Eso es lo que hacen las sombras ¿Sabés? Y aunque estés de espaldas sé que tenés los ojos cerrados. Pero tal vez no te diste cuenta porque siempre estás viendo cosas. Aún cuando dormís estás viendo cosas que después me contás. Y yo te lo cuento ahora porque te olvidás de todo. Lo que yo te digo te lo digo porque no te diste cuenta solo ¿sabés? Yo estuve bastante tiempo buscando la forma de estar tranquila en esta hamaca. Me senté acá porque estaba un poco cansada de todo lo que caminamos Me gustaría que te dieras cuenta de que estuve cansada y que necesité llegar a la hamaca para mirar a las hormigas desde tan alto que son invisibles. Como vos y como yo. Nos volvimos invisibles. ¿Viste eso? ¿Viste que somos invisibles? Como las hormigas vistas desde acá. Pero ellas siguen caminando. Seguro. ¿Sabías que las hormigas se mueren en lugar de quedarse dormidas? Caminan hasta morirse. Yo en cambio quería llegar a esta hamaca que por suerte colgamos de esta grúa de puerto. Y desde acá te miro, de espaldas. Estoy segura de que no escuchás. ¿Dormís? Ey, shhh, no, tranquilo. Quería preguntarte solamente si me estás escuchando. Pero está bien. Dormí. Yo voy a estar acá. Si el viento sopla fuerte y logra abrir las ventanas tal vez empuje a la grúa y caiga. Pero no. Tranquilo, no te preocupes. Dormí. Yo sé caer.

martes, 16 de febrero de 2010

La voluntad de las hormigas

Yo podía pasar horas mirando la línea móvil y negra. Muchas veces la gente, cuando uno mira a las hormigas por un largo rato, piensa que se puede estar ahí, quieto como un muerto, perdiendo el tiempo, o la cabeza. Pero yo esperaba.
Lo que quería era ver cómo la línea se desarmabaynó. No se desarmaba nunca. Simplemente se hundía en la tierra o en esos agujeros mínimos que nadie más que las hormigas ve o encuentra. Y eso era todo.
Una línea
y un agujero
en algún lado
como el infinito.
Creo que por eso, mirarlas, fue siempre de mis formas preferidas de dejar que el tiempo me raspara la cara y el cuerpo.
Empleaba bastante tiempo pensando en esto de que las hormigas son de los pocos seres que naturalmente pueden cargar un peso que las duplica. Yo quería ser una hormiga también.
A veces, las veía irse, y soñaba despierta que arriba de cada maldita hormiga iba alguna palabra mía. A veces pensaba que eran ladrones y otras cuando llovía me inquietaba pensar dónde estaban. Pensaba esto porque hablaba poco y tenía muchísimo miedo de quedarme sin palabras para decir. Tenía terror de que todas mis palabras fueran para pensar pero ninguna para decir.
Yo necesitaba verlas porque crecí en un jardín donde siempre había hormigas y siempre hacían lo mismo: caminar en filas y construir.
Cuando era chica mis hermanos hacían lo de cazar una hormiga negra y llevarla hasta un hormiguero de hormigas rojas y la tiraban ahí. La mayoría de las veces la hormiga negra lograba escapar. Pero otras veces no. Yo quería ser como la hormiga negra, pero escapándome todas la veces. LLegando al agujero.
Y supongo que todos tuvimos los agujeros mínimos en las paredes. Esos lugares donde los ojos casi se pegan a la cal pintada y se cierran rozando con las pestañas los grumos de la pared y hacen un ruidito que no se escucha pero se siente.
Yo busco siempre esos ruidos.
Los que no se escuchan pero se sienten.

Hoy las hormigas están ahí.
Yo las veo.
Y hay tantas que puedo pisarlas y sigue habiendo más y más y más y algunas más. Ellas caminan y estoy segura de que suenan como debe sonar la sangre, yendo y viniendo, inaudible, tocando la piel por el lado de adentro, revolviéndonos. Tal vez la sangre esté hecha de hormigas.

sábado, 30 de enero de 2010

Sombras chinas

Nosotros cuando fuimos chicos éramos especiales. Ella tenía bocas, bocas chiquitas, en algunas partes del cuerpo y a veces, sus bocas cantaban al mismo tiempo canciones de cuna pero sin letra. Ella sabía que allá donde se duerme es mejor que las palabras no entren porque algunas palabras hacen bien para dormir pero la mayoría son bastante corrosivas. Entonces ella y sus bocas chiquitas cantaban, pero sin letra. Cantaban con la la la o con aaaaa aa a, o así. Más o menos así. También algunas veces ella podía sonreír sin mover ninguna parte de la cara. Pero era evidente que sonreía porque los que la miraban no podían evitar ser más felices. Eso pasa cuando uno ve a alguien sonreír. Yo por otra parte era especial de otra manera. Yo cuando era chico podía sacar fotos espaciales. Fotos de las estrellas que estaban desapareciendo por ejemplo. Les sacaba una foto y se las daba a mi abuelo. Mi abuelo tenía dos cosas: una que era especial como yo y por eso podía ver las estrellas de las fotos y la otra es que era triste desde que mi abuela se había muerto. Entonces yo sacaba muchas fotos. Todas las que podía. Y se las llevaba. Si la hubiera conocido a ella por esos años se la hubiera llevado también, para que ella le sonriera y él fuera más feliz. Pero no. Nos conocimos mucho después de haber dejado de ser chicos. Me acuerdo cómo y cuándo pero no importa. Ni a nosotros ni a ustedes, porque ni ese lugar ni ese momento existen hoy.
Nosotros, cuando estamos juntos, a veces, nos hacemos revivir en las sombras sobre la pared. Ella tirada en la cama vale más que cualquier cosa en el mundo y a mí me hace reír de una manera en que no se ríen los hombres. Aprendimos a hacer sombras chinas haciéndolas, como se aprende la mayoría de las cosas importantes siempre. Yo le gano haciéndola a ella, porque aprendí a hacerla como cuando era chica, con las boquitas, y también como es ahora. Con el índice de la mano izquierda puedo hacer casi todas las partes de su cara menos la boca, la única que le quedó, que la hago con el índice derecho y con los pulgares le hago decir todo lo que nunca me dice y que quiero escuchar. Yo a ella le salgo bastante bien. Siempre me hace un poco más petiso de lo que soy y mis ojos no son exactamente de ese color, pero casi. Ella nunca me hace hablar, aunque podría, porque siempre le sobran dedos cuando me hace. Pero no. Ella me hace escuchándola decir todas las cosas que nunca me dice y que quiero escuchar.

viernes, 29 de enero de 2010

Hora de irnos

Nosotros sabemos cuándo es mejor quedarse, o cuándo es mejor irse. Lo que hacemos siempre es quedarnos un poco quietos entre la gente, sea en un salón o en la cancha o en la plaza o en el cine o en la calle o en cualquier lugar. Nos quedamos un poco quietos, un poco alrededor de las cabezas de la gente. Y esperamos. Sentimos muchas cosas. Cosas que son muy distintas. Sentimos cómo nos quieren lejos o cómo la gente se olvida de nosotros. Nosotros, el problema que tenemos, es que nunca terminamos de saber qué somos. Porque los deseos se parecen mucho a los caprichos, a veces. Nosotros siempre estuvimos convencidos de que éramos deseos. Y así íbamos. Sabíamos qué hacer. Pero una vez, un tipo nos dijo que no. Que en realidad éramos caprichos. Y nosotros ahora no sabemos qué creer, porque en realidad nunca tuvimos que creer en nada. Siempre fue al revés. La gente es la que cree en nosotros. Nos crea y nos cree. Pero ahora todo está un poco más confuso. Igual, seguimos sabiendo cuándo es hora de irnos. Es fácil darse cuenta cuando alguien ya no nos cree, es decir, ya no cree en nosotros. Es fácil porque solamente pueden pasar dos cosas que se notan muchísimo. La cosa uno es que la gente deje de creer en todos los deseos, y entonces ahí se vuelve metódica hasta para sacarse los mocos de la nariz y nunca más pifia. En nada. Porque no elige nada y andá a equivocarte si nunca elegís nada. La cosa dos que pasa es que la gente abandona un deseo o un capricho por otro deseo o por otro capricho. Eso pasa todo el tiempo. La cosa uno casi no pasa porque la gente siempre anda deseando cosas. Hasta morirse desea, o se encapricha, da lo mismo. Entonces eso es lo bueno. Que sabemos irnos a calentar otras cabezas. Como somos deseos o caprichos nunca nos encaprichamos con nada. Somos bien libres en ese sentido. Nos vamos sin sufrir y desconocemos el abandono. Cuando dejan de querernos lo que pasa solamente es que somos más libres. Eso es bien distinto a lo que siente la gente cuando dejan de quererla, porque claro, la gente desea o se encapricha y además, no sabe cuándo irse.

lunes, 25 de enero de 2010

Como Matías Rust

Yo muchas veces quería ser como Matías Rust y hacer un poco de todo. Estacionar mi avioneta en la Plaza Roja un día y otro día acuchillar a una enfermera. Zafar de la cárcel y después dar entrevistas a la CNN o a la BBC hablando de nada importante. También quería ser Matías Rust porque me gustaban sus anteojos y la cara un poco rara, mezcla de anacrónica y pervertida. Si. Muchas veces, cuando estaba bastante cansada de estudiar “el piano” quería ser como este tipo. Dejaba lo que estuviera haciendo y me sentaba en la avioneta. Dudaba de todo porque hacía muy poco que tenía mi carnet de aviador. Pero la duda nunca me detuvo. Tocaba los botones con esa cara de experto que sólo usamos los que sabemos poco y nada de lo que estamos por hacer. Cuando volaba usaba un gorrito de aviador como el de Saint Exupéry. Por supuesto esto era una licencia poética que me permitía encantada porque Matías nunca usó un gorrito así, de hecho debe haberlos detestado. Pero yo lo usaba, y también las antiparras. Porque mi avión no tenía cabina. No. Era así, con la cabeza al aire libre nomás. Y andaba y andaba. Algunas de las veces me calmaba, y entonces daba la vuelta y aterrizaba en la terraza del edificio. Pero otras, cuando tenía realmente un mail día, volaba por la ciudad y pasaba cerquita de los edificios. En especial de los que están poblados por montones de palomas. Sí. Pasaba cerca y esas ratas emplumadas salían asustadas y ahí nomás les tiraba con una gomera. Antes ponía el automático, que era lo primero que había aprendido en el curso de aviador. Ponía el automático y les tiraba. Asomaba la cabeza un poquito y las veía caer haciendo firuletes en el aire. Y si tenía un día pésimo, de esos que casi no tengo, me imaginaba al pobre bicho yendo a darle justito en la cabeza a algún hijo de puta. Y ahí sí. Volvía y estacionaba el piano y seguía con mi vida, pero más contenta.

domingo, 24 de enero de 2010

Siempre me gustó caminar por el parque acompañada de algún perro imaginario. A veces mi perro corre a las palomas y yo le silbo, para que venga, y no mate a las palomas. El las corre, y nunca las alcanza, pero yo igual le silbo porque puede ser que un día las alcance. A veces pasa que uno alcanza lo que nunca había alcanzado. Cuando necesitamos más compañía le pedimos a Carlos, el vecino imaginario, que nos acompañe. Y a veces, cuando no está escribiendo o cansado de no dormir, nos acompaña. A mi perro imaginario le gusta que venga Carlos, el vecino imaginario, porque Carlos corre con él. Y entonces yo les silbo a los dos, para que vengan, y no maten a las palomas. En el parque a veces hay un vendedor, que no es imaginario. Es de realidad. De una realidad que no es imaginaria. Porque hay realidades que son imaginarias. Bueno. El vendedor vende manzanitas acarameladas con pochoclo. Y yo, cuando estoy con Carlos, compro dos. Y las comemos. Una de verdad y la otra de imaginario. Las manzanas son lindas de ver pero feas de comer. Los pochoclos no son lindos, pero son ricos. Y el caramelo también. Y hace un ruidito cuando lo mordés. A Carlos morder el caramelo le hace doler los dientes, que son imaginarios, pero el dolor es de verdad. Porque el dolor siempre es de verdad. Cuando llueve nos gusta lo mismo ir a caminar por el parque, y mirar los globitos que se forman en el lago cuando las gotas chocan con el agua. Yo siempre pensé que en cada globito había un mundo imaginario. En miniatura. Y que en ese mundo habría parques, con personas, con perros imaginarios, y vecinos imaginarios, y manzanas acarameladas con pochoclo que hacen doler los dientes cuando las mordés. Pero esos mundos son menos imaginarios que mi perro imaginario, o que Carlos, mi vecino imaginario, porque sólo existen cuando llueve. Y lo imaginario cuanto más existe, cuantas más veces, menos imaginario. Bueno. A mí siempre me gustó caminar por el parque, porque aunque esté sola de verdad el parque guarda las presencias de todos los que lo caminan. Por eso voy seguido.